Un soneto a pedido de Miranda

Un soneto me pide hacer Miranda
en mi vida vi cosa tan sencilla
si esta cosa es rima seguidilla
la sílaba final es quien comanda

Siguiendo la consigna que me manda
el segundo cuarteto va en gradilla
Es fácil la tarea que hasta brilla
la secuencia que bien avanza y anda

Tan natural y manso va saliendo
como veraz resulta este terceto
cuando llega al final ya va entreviendo

el último para que esté completo
y cerrar a la par que voy diciendo:
acá tenés Miranda tu soneto

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del libro Versos Reversos

Zaratustra bajó de la montaña

Entre la bruma desvaída y macilenta
entre el cardo que brota en las estepas
por la senda del rayo y de la nube
desciende Zaratustra

En su diestra la estrella de la noche
a su espalda los astros lo acompañan
aureola de fe lleva en su frente
corona de espinas en sus sienes
ha palpado la flor y la osamenta
su espíritu regresa con la aurora
quebrado en cien corpúsculos de astros
llevó a cuestas al hombre por el mundo
pero torna sencillo y majestuoso
con voz de relámpago en la noche
exclama pausado al infinito:
Zaratustra bajó de la montaña

Quién es éste
murmuraba el pueblo a sus espaldas
Es éste aquel que hablan las leyendas
el superhombre es él en semejanza
en imagen su idílica figura
concuerda quizás con nuestra raza?

Una mujer se le acercó y le dijo:
amas a alguien, Zaratustra?

Pero él a los cielos exclamaba
Zaratustra bajó de la montaña.

Un enano a su lado rechiflaba
Dicen de él no tiene sentimientos
su corazón de carne quedó tieso
inerte en el fondo de su cueva
los huesos de sus pies se han plantado
en la misteriosa hondura de la selva
de su mente sólo brotan pensamientos
borrosos como el más turbio de los días
Marchito va su nombre en las estepas
ni los desiertos reconocen ya su huella
Te ves a ti mismo superhombre?
mofábase el enano a sus espaldas

Pero él inmutablemente dijo:
Zaratustra bajó de la montaña

Palpando la espesura
se dirigió a la multitud curiosa
la niebla rasgó con su meñique
Tan humano me parezco
Como el más hombre de los hombres
menos bestia que las bestias
del mineral a la piedra
florezco cual vegetal
Sigo el sendero más largo
de retorno hacia la roca
el presente es hoy tan sólo
un viejo y gastado espejo
del dolor y del placer

Y están quienes me idealizan
con un grano de mostaza
otros me sueñan coloso
como un río en el desierto
hay quien apedrea así también mi imagen
mas cuánto mejor se me sepulta
la profundidad en mí se hace gigante
Y el sol más escondido de la noche
brilla mejor aún en las tinieblas

La multitud gritaba repulsiva
Te has equivocado Zaratustra
enloquecido has en tu caverna
te volviste más loco que una cabra
anciano estás y como viejo orate
sin sentido pronuncias las palabras
El enano saltaba en una piedra
no estás más allá del bien, decía
sino más allá de la cordura
semejante es la distancia
de tu ombligo a la tierra
que del abismo a tu calabaza
Te ves a ti mismo superhombre?

Un rayo de sol quemó entonces el espacio
la atmósfera cruzó vertiginoso
y encegueció al enano que saltaba
La multitud siguió mofando y riendo
hasta el atardecer sombrío y llano
hasta que cansada fue a dormirse
retornar a los días cotidianos

Ya bien pronto se olvidó aquel incidente
y nadie habló más del ermitaño
como si jamás el pueblo hubiese entrado

Sólo el enano doliente y compungido
como un conjuro eterno y lastimero
repite quedamente su plegaria
Zaratustra bajó de la montaña

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Del libro «La muralla del Verso»

El infinito y el cero

El cero es también el infinito
el centro de lo lleno está vacío
la gota en sí es el mismo río
el diablo más diablo está bendito

El grande ignorante es erudito
la esclavitud extrema da albedrío
poder con poder no es poderío
tanta bondad también es un delito

El frente del frente es el reverso
un lejano horizonte está cercano
el barro más compacto está disperso

El mundo apenas es un grano
y toda la extensión del universo
nos cabe en la palma de una mano


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(Del libro «Sonetos Ideales»)

El rey de Bisgurnia

Había una vez un rey. Había una vez. Había una vez un rey en las lejanas tierras de Bisgurnia, reino solamente visible para aquellos que fehacientemente creían que existía el reino de había una vez. Y como este rey tenía fe absoluta en sí mismo, tomó conciencia de la importancia que significaba él para la existencia de su propio cuento, Sucedió entonces que su soberbia se elevó infinitamente, tanto que quiso cambiar la clásica proposición había una vez por el de hubo, hay y habrá siempre, en todos los cuentos de su reino. La ley antojada por el rey se aplicó inmediatamente, de tal modo que todos los libros de cuentos fueron quemados y reemplazados por los nuevos, donde se suplantaría una oración por la otra. El problema se presentó cuando quiso cambiar la expresión en su misma historia, pues cayó en la cuenta que era algo imposible, dado que, por ser él un integrante de su propio cuento, debería ser un personaje siempre escrito por otro, y no tenía forma de arbitrio sobre esto.
Qué extraño, se dijo el rey. Mi soberbia es casi infinita y soy el amo de toda Bisgurnia, sin embargo, no puedo perpetuarme desde mi propia historia.
Impulsivamente entonces, el rey de Bisgurnia se dirigió a su propio cuentista y con palabras enérgicas le dictaminó que redactara, para su caso particular, el enunciado hubo, hay y habrá siempre.
El escritor, por su parte, sólo se limitó a plasmar sobre el papel:
Había una vez un rey en las lejanas tierras de Bisgurnia. Había una vez.

La generosa indebida

Por repartir su ropa a los salvajes
se quedó con muy pocos vestidos
por asistir a ingratos desvalidos
perdió sus muy costosos trajes

Por intentar obscuros salvatajes
extravió sus palomas con sus nidos
Tiene sus dos hombros doloridos
por cargar con infieles equipajes

Se despojó de anillos y pulseras
de muñecas y fotos de recuerdos
de cajitas musicales y joyeras

Casi empobreció por los izquierdos
Por derrochar comida entre las fieras
Por tirarle sus perlas a los cerdos

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(Del libro «Sonetos Ideales»)

La mano de ayer

La mano que ayer se hizo amenaza
es la mano que hoy te hace cosquilla
y el brazo que te empujó a la orilla
es ahora el brazo que te abraza

La uña que una vez te hincó en tenaza
es la misma que juega en tu costilla
la rodilla que mansa se arrodilla
en otra ocasión fue dura maza

De pronto la daga es crucifijo
El caos se muta en regio arte
la sílaba final se hace prefijo

Quien te odiaba tanto quiere amarte
y el labio que te escupió y maldijo
se colorea hoy para besarte

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(Del libro «Sonetos Ideales»)

La lluvia maldita

Joaquín se adelantó y se sentó sobre un cantero de cemento, como para llamar la atención del resto. Acomodó los dos soportes de pie de su contraagua en el piso y miró a la veintena de personas que le acompañaban. Hasta ese momento, habían pasado diez horas desde que salieron del reservatorio, pero nadie había emitido palabra, como si hasta hablar estuviese prohibido en este infierno húmedo de nadie, donde la lluvia caía al compás de la muerte. Y lo peor, es que siempre llovía, todo el tiempo, en un ciclo perpetuo y agonizante, interminablemente, en forma espantosa y constante. Un agua mortal e inacabable se escurría desde todos los intersticios, en todos los alrededores. Los hombres se guarecían bajo sus contraaguas, pero los pobres árboles, encorvados, sólo atinaban a envolverse y recogerse sobre sí mismos, en un capullo cerrado, mientras las gotas le resbalaban sin cesar una y otra vez, como una copiosa maldición eterna.

La salida de los reservatorios de parte de los sobrevivientes era predecible. Cuando se produjo la última explosión, hacía apenas seis meses, la reserva era de poco más de mil litros de agua potable. Todos entonces cayeron en la cuenta que su limbo era apenas una antesala del infierno. Pero jamás se imaginaron un abismo de estas características.

Lo peor que podía sucederle a alguien es el contacto con el agua de lluvia, aunque las contraaguas eran bastante efectivas, pues no sólo eran absolutamente impermeables y antiradiactivas y cubrían todo el cuerpo, sino que se extendían sobre la cabeza y se curvaban, un metro más adelante de la persona, de donde salían dos manijas que había que sostener con las manos. Era un poco incómodo para caminar, pero al sentarse, la extensión hacía de pequeño toldo que resguardaba perfectamente de las tan temidas gotas de la muerte.

El contraagua fue un invento desesperado de Joaquín, pues ya no podían seguir subsistiendo en el reservatorio, pero ahora, el caminar hacia la imprecisión de no saber dónde, parecía todavía peor agonía que el saberse perdido. Era una sola fuente de agua, y ellos eran casi veinte personas. ¿Hacia dónde iban? Joaquín sabía que la bomba química podía haber infectado todo el agua del continente, el último que quedaba poblado, pero la probabilidad de que haya un acuífero potable era mínima, sino imposible. Sin embargo, el científico se convenció a sí mismo y convenció al resto que debían salir de la guarida a buscar el líquido vital en algún lugar del planeta. Pero ahora, bajo la lluvia persistente y el cansancio de horas, el hombre cayó en la cuenta que la Tierra era inmensamente grande para recorrerla con sus lentas pisadas, y cuánto más se andaba pareciera que el agua se volvía la única razón de ser de la vida. La visión de los hombres caminando por la ciudad deshabitada era fantamagórica. La hora era imprecisa de adivinar tomando como referencia la atmósfera, pues el cielo estaba completamente nublado, eclipsado por la infinidad de nubes, negras y mustias, que como una neblina opaca e infinita se extendía hasta el confín del horizonte. Por lo demás, todo era lluvia. Una lluvia maldita y monocorde, agua contaminada hasta el hartazgo. Una humedad detestable. El solo contacto con una minúscula gota, por azar, generaba una llaga incurable en la piel, que no sólo no cicatrizaba, sino que además parecía ensancharse al contacto de la atmósfera.

Joaquín se sentó y todos inmediatamente se detuvieron. No sólo por el respeto que se le debía, que era manifiesto, sino porque también unas mujeres estaban pidiendo a grito seco una mínima ración. Es que el viaje se había vuelto agotador. Más aún cuando se sabía que la provisión de agua era escasa. Parecía que la sed más brutal invadía entonces el organismo. Dos horas antes, hubo un par de hombres que se descontrolaron y se arrojaron en la calle boca arriba, despojándose del contraagua y chapoteando como ranas sobre la cuneta, mientras abrían la boca hacia el cielo para sorber la mayor cantidad de gotas que pudiesen. Cuando esto sucedió, y en ambas oportunidades, los caminantes se apartaron y trotaron ligeramente (las contraaguas no permitían correr), para evitar el contacto con el nuevo enfermo. La gloria de éste no duraba mucho. Apenas se sentía virtualmente saciado, comenzaban las contracciones. Era como si mil agujas se le hincasen desde dentro del estómago, y la piel se le pegase y despegase simultáneamente. Joaquín había observado la dantesca escena parapetado tras una columna, y contuvo un rictus de ahogo cuando la piel del rostro de los hombres parecía abrirse como si una mano invisible estuviese haciendo correr lentamente una navaja.

Temía que eso volviese a pasar, pues ya se vislumbraba el descontrol en los ojos enrojecidos y airados de los grises caminantes. Mientras que los encargados de custodiar el tanque rodante con la última provisión de agua estaban visiblemente atemorizados. Es que sus compañeros del reservatorio habían cambiado. Ahora los miraban agresiva y hasta amenazantemente. Joaquín los había elegido como guardias del tanque por parecerle los más estoicos y valientes. Quizá no se había equivocado, pero cómo desinstintivizar ahora a todos estos animales intelectualoides que querían apoderarse, desordenadamente, del recipiente. Joaquín entendía que en el momento exacto en que se perdiese su autoridad en el grupo, la calamidad sobrevendría. Por eso decidió sentarse y obligar parar el andar desagradable de los tristes sobrevivientes, a través de la ciudad sin nombre.

Miró al pequeño grupo de personas, había mujeres, hombres, cuatro o cinco niños, cuya infancia transcurría ahora penosamente bajo el contraagua. Se preguntó si valía la pena seguir caminando. Apenas dirigió la mirada hacia el grupo, sintió el malestar en sus rostros y en sus cuerpos. Los tres hombres que cuidaban el tanque se detuvieron fríamente y parecían dispuestos a temblar de un momento a otro. El cielo pareció obscurecerse aún más. La lluvia casi ya no importaba para Joaquín. Era un elemento más de su actual sobrevida. La fatiga en sus rostros era notable. Estaban cansados de caminar. Cansados de compartir la ración de agua. Cansados de la lluvia interminable y letal. Cansados, en definitiva, de ellos mismos.

Fue cuando la fatalidad sucedió. Uno de los niños se echó a correr desesperadamente hacia el tanque, mientras su madre no atinaba a reaccionar. Iba directo hacia el contenedor, y estuvo a punto de llegar al interruptor del grifo, cuando uno de los guardianes se le interpuso brutalmente, con tanta mala suerte, que el contraagua del chico se corrió un poco en la parte de la cabeza. Entonces sí, la reacción de la madre fue inmediata, corrió a lanzarse contra el guardia mientras el chico ya comenzaba a gritar de dolor, pues una gota de agua le había entrado en el ojo. Todo sucedió muy rápido, mientras Joaquín permanecía en la distancia. El guardia y la mujer se cruzaron en una pelea de cuerpos. El otro guardia trató de intervenir. Y a los cinco segundos era un caos. La mayoría trató de avalanzarse sobre el tanque. Pero apenas llegaba, era golpeado por otro que quería llegar primero. A su vez, ése evitaba que otro se acerque al grifo y así, todos contra todos. Despedazándose unos a otros sus contraaguas y al minuto revolcándose sobre la calle de desquicio y dolor. Fue una aterradora escena de cinco minutos, aproximadamente, hasta que ya las fuerzas no le respondían y, uno a uno, comenzaron a gemir acurrucados sobre el asfalto, completamente empapados de la lluvia maldita, que les iba abriendo enormes llagas en la piel.

Joaquín, el único que no había participado en el altercado, sintió una pena terrible en su corazón. Se acercó al tanque, abrió la canilla y se sirvió un vaso. Algunos lo miraban desde el suelo, pero ya nadie tenía fuerzas para luchar por su ración, sólo se atenían a sollozar sobre el humedecido asfalto con un burbujeante gemido de muerte. Entonces el hombre se sirvió otro vaso, y luego otro, y otro.

Fue la primera vez que Joaquín bebió hasta el amanecer.

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(Del libro «Cuentos sin Fronteras»)

Ella te amará cuando mueras

Cuando estemos auténticamente muertos
Cuando no tengamos más brazos
ni pecho por dónde suspirar
ni ojos
para gozar de la belleza
ni piel ni uñas ni cabello
aquella ensoñadora mujer
que nos esquivó por siempre
que nos hizo a un lado
al margen de sus caprichos
a la indiferencia que enloquece
a la evasión de la mirada
pensará en nosotros
Entonces, y sólo entonces
nos pedirá que la abracemos
– será cuando la multitud que le rodea
venza a la cruda soledad-

Cuando no tengamos más narices para respirar
para inhalar la flor más perfumada
de su oculto jardín
ella misma se vestirá de rosa
y nos mirará con ternura inacabable
cómo sólo se mira a los ausentes que no vuelven
y gemirá nuestro nombre
y con un cariño hondo y genuino
nos dirá que nos extraña

Qué macabra ironía
seríamos el amante perfecto
con sólo morirnos

Cuando no tengamos más sangre en las manos
sin la más remota posibilidad de acariciarla
ella mostrará su piel desnuda
y dirá a los cuatro vientos
cuánto desearía su calor esta mañana!

Cuando no tengamos más pies para avanzar
nuestra amada dejará de jugar al escondite
y saldrá a buscarnos
con ansiedad desvariada
por los pasillos de la larga noche

Entonces, y sólo entonces
sus ojos se llenarán de un llanto interminable
como llora la lluvia sobre el marrón de los charcos

Será cuando nosotros
ahogados en vacío
abrumados de tiniebla
sofocados de obscuridad
desde alguna dimensión de la nada
intentemos responder a su llamado
cuando de nuestros etéreos labios
sólo se escape
un hálito de eternidad
procurando nombrarla


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(Del libro «azul migaja»)

El Gran Perdedor

Soy un cero a la izquierda en decaimiento
soy una consecuencia deplorable
inflexión de un futuro lamentable
insustancial error en detrimento

Rendido en obscuro vencimiento
mi persona es apenas comparable
a la crucial derrota desechable
error infeliz y vil cemento

Soy el revés de un fallo no logrado
lo inútil sin oferta del mercado
el último eslabón de la cadena

un tronco sin raíz en luna llena
enorme frustración, caída plena:
soy el Gran Perdedor, el Fracasado.

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(Del libro «Versos Reversos»)

La disputa del agua

Ellos vienen por el agua – dice Pilmayquén, la niña menor de la tribu, encendiendo su notebook de última generación. Y viendo desde el avión cómo los invasores se revuelcan desaforadamente sobre el pasto verde.
Ellos vienen por el agua, dice Mainumby, la segunda hija del cacique Amaru, buscando por Internet en el mercado bursátil la cotización del día, mientras observa desde el aire un gentío de gringos que se apelotonan alrededor de un arroyo, y se arrojan semidesnudos y eufóricos en el límpido líquido.
Ellos vienen por el agua, dice Aylen, la mayor de las hijas del jefe de la tribu, mirando desde el moderno jet a millares de personas disputándose la supremacía de un claro de la selva, justo al centro del acuífero.
Ellos vienen por el agua, dice el cacique Amaru, prendiendo el aire acondicionado y la tv satelital. Nosotros en cambio, nosotros vamos por la Coca Cola.