Cuentos
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El caso Agapito

El caso Agapito llamó mucho la atención en Los Lapachos, un apartado pueblo del sur de Corrientes. Agapito comenzó a sentir las primeras sensaciones raras allá por marzo del 2003. Era como una nube de malestar que caía de repente sobre su cabeza, tomándolo por completo en cuestión de segundos, pero bastaba para causar el […]

El caso Agapito llamó mucho la atención en Los Lapachos, un apartado pueblo del sur de Corrientes. Agapito comenzó a sentir las primeras sensaciones raras allá por marzo del 2003. Era como una nube de malestar que caía de repente sobre su cabeza, tomándolo por completo en cuestión de segundos, pero bastaba para causar el efecto más extraño del que se tenga referencia en el pueblo: todos los objetos metálicos que se encontraban cerca sufrían inmediatamente algún cambio, una transformación, no de esencia sino de forma. Su “poder” tenía un alcance aproximado de dos metros a la redonda.

Agapito contaba que sentía una fuerza muy potente, como un rayo, que pasaba de repente por su cuerpo y luego se irradiaba en todas direcciones. No podía controlar este fenómeno y obviamente le causó más de un problema social. Era difícil invitar a cenar a Agapito sin terminar con todos los tenedores, cuchillos y cucharas dobladas.
Pero la peor vergüenza la pasaba cuando iba a cobrar su pensión a la capital correntina. En una mañana, el hombre dotado echaba a perder unos 500 llaveros, 800 hebillas de cintos, y quién sabe cuántos artículos más que las mujeres guardaban en sus carteras, imposible de calcular dado que sólo ellas saben qué cosas y para qué la guardan. Pero la peor baja la sufrió la municipalidad local, dado que Agapito dobló involuntariamente en una oportunidad 28 semáforos y unas 35 jirafas de luz.
Así las cosas, decidieron nombrarle persona no grata en la ciudad y el pobre hombre se quedó sin poder cobrar su pensión.

Fue entonces que Agapito, después de esta frustración, decidió ir a vivir solo, a orillas del río Paraná. Allí se alimentaba de peces y frutas silvestres.
Pero para eso su fama ya había dado la vuelta al mundo.
Vinieron turistas, curiosos, científicos y todo tipo de personas a Los Lapachos a buscar denodadamente al dotado. Y cómo no podía faltar, se armó todo un comercio en el pueblo alrededor suyo. Una de los objetos más notables que se vendían era un buscaagapito, se trataba de una especie de diapasón con pequeños cilindros y varillas de metal en su borde. Según los vendedores, de acuerdo al movimiento de las varillas y cilindros, era la distancia que podía encontrarse Agapito.

En el pueblo también apareció una sociedad ecológica que se hacía llamar Verde que te quiero verde, con una propuesta de lo más alocada: quería que Agapito frene la compra de misiles internacionales amenazando con doblarlos a todos si no se le hacía caso.

Los que encontraron primero al hombre más buscado de Los Lapachos fueron los científicos canadienses. Habían desarrollado su propio busca-agapitos, del cual sostenían que era el más sensible de todos, y según ellos gracias a la sofisticación de este aparato pudieron dar con el hombre que torcía metales con la mente.

Pero Agapito no quiso saber nada de la oferta de los canadienses, y cuando se enteró de que mucha gente estaba detrás suyo se desesperó.
Y es de aquí en adelante que se confunde la leyenda con la historia real. Algunos manifiestan que estos científicos terminaron convenciendo a Agapito, y lo llevaron en una avioneta hecha de un material especial al norte canadiense.

Otros manifiestan que Agapito se construyó una jangada y se largó río abajo, con rumbo desconocido.
Hay quienes dicen que el hombre se construyó un túnel en la costa del río, y allí vive completamente aislado de la civilización.

Hay también quienes afirman que Agapito falleció, víctima de una sobredosis de poder, cuando intentaba doblar un misil para la asociación Verde que te quiero verde.

Lo cierto es que en Los Lapachos se lo sigue y se lo seguirá recordando mientras deban seguir comiendo con cuhillos y tenedores doblados, y mientras no nazca un desdoblador de metales que vuelva a enderezar los miles de objetos que Agapito torció involuntariamente, tiempo atrás.

Ilustración de Juan Carlos Nuñes

anibalsilvero

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