Cuentos
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La lluvia maldita

Joaquín se adelantó y se sentó sobre un cantero de cemento, como para llamar la atención del resto. Acomodó los dos soportes de pie de su contraagua en el piso y miró a la veintena de personas que le acompañaban. Hasta ese momento, habían pasado diez horas desde que salieron del reservatorio, pero nadie había […]

Joaquín se adelantó y se sentó sobre un cantero de cemento, como para llamar la atención del resto. Acomodó los dos soportes de pie de su contraagua en el piso y miró a la veintena de personas que le acompañaban. Hasta ese momento, habían pasado diez horas desde que salieron del reservatorio, pero nadie había emitido palabra, como si hasta hablar estuviese prohibido en este infierno húmedo de nadie, donde la lluvia caía al compás de la muerte. Y lo peor, es que siempre llovía, todo el tiempo, en un ciclo perpetuo y agonizante, interminablemente, en forma espantosa y constante. Un agua mortal e inacabable se escurría desde todos los intersticios, en todos los alrededores. Los hombres se guarecían bajo sus contraaguas, pero los pobres árboles, encorvados, sólo atinaban a envolverse y recogerse sobre sí mismos, en un capullo cerrado, mientras las gotas le resbalaban sin cesar una y otra vez, como una copiosa maldición eterna.

La salida de los reservatorios de parte de los sobrevivientes era predecible. Cuando se produjo la última explosión, hacía apenas seis meses, la reserva era de poco más de mil litros de agua potable. Todos entonces cayeron en la cuenta que su limbo era apenas una antesala del infierno. Pero jamás se imaginaron un abismo de estas características.

Lo peor que podía sucederle a alguien es el contacto con el agua de lluvia, aunque las contraaguas eran bastante efectivas, pues no sólo eran absolutamente impermeables y antiradiactivas y cubrían todo el cuerpo, sino que se extendían sobre la cabeza y se curvaban, un metro más adelante de la persona, de donde salían dos manijas que había que sostener con las manos. Era un poco incómodo para caminar, pero al sentarse, la extensión hacía de pequeño toldo que resguardaba perfectamente de las tan temidas gotas de la muerte.

El contraagua fue un invento desesperado de Joaquín, pues ya no podían seguir subsistiendo en el reservatorio, pero ahora, el caminar hacia la imprecisión de no saber dónde, parecía todavía peor agonía que el saberse perdido. Era una sola fuente de agua, y ellos eran casi veinte personas. ¿Hacia dónde iban? Joaquín sabía que la bomba química podía haber infectado todo el agua del continente, el último que quedaba poblado, pero la probabilidad de que haya un acuífero potable era mínima, sino imposible. Sin embargo, el científico se convenció a sí mismo y convenció al resto que debían salir de la guarida a buscar el líquido vital en algún lugar del planeta. Pero ahora, bajo la lluvia persistente y el cansancio de horas, el hombre cayó en la cuenta que la Tierra era inmensamente grande para recorrerla con sus lentas pisadas, y cuánto más se andaba pareciera que el agua se volvía la única razón de ser de la vida. La visión de los hombres caminando por la ciudad deshabitada era fantamagórica. La hora era imprecisa de adivinar tomando como referencia la atmósfera, pues el cielo estaba completamente nublado, eclipsado por la infinidad de nubes, negras y mustias, que como una neblina opaca e infinita se extendía hasta el confín del horizonte. Por lo demás, todo era lluvia. Una lluvia maldita y monocorde, agua contaminada hasta el hartazgo. Una humedad detestable. El solo contacto con una minúscula gota, por azar, generaba una llaga incurable en la piel, que no sólo no cicatrizaba, sino que además parecía ensancharse al contacto de la atmósfera.

Joaquín se sentó y todos inmediatamente se detuvieron. No sólo por el respeto que se le debía, que era manifiesto, sino porque también unas mujeres estaban pidiendo a grito seco una mínima ración. Es que el viaje se había vuelto agotador. Más aún cuando se sabía que la provisión de agua era escasa. Parecía que la sed más brutal invadía entonces el organismo. Dos horas antes, hubo un par de hombres que se descontrolaron y se arrojaron en la calle boca arriba, despojándose del contraagua y chapoteando como ranas sobre la cuneta, mientras abrían la boca hacia el cielo para sorber la mayor cantidad de gotas que pudiesen. Cuando esto sucedió, y en ambas oportunidades, los caminantes se apartaron y trotaron ligeramente (las contraaguas no permitían correr), para evitar el contacto con el nuevo enfermo. La gloria de éste no duraba mucho. Apenas se sentía virtualmente saciado, comenzaban las contracciones. Era como si mil agujas se le hincasen desde dentro del estómago, y la piel se le pegase y despegase simultáneamente. Joaquín había observado la dantesca escena parapetado tras una columna, y contuvo un rictus de ahogo cuando la piel del rostro de los hombres parecía abrirse como si una mano invisible estuviese haciendo correr lentamente una navaja.

Temía que eso volviese a pasar, pues ya se vislumbraba el descontrol en los ojos enrojecidos y airados de los grises caminantes. Mientras que los encargados de custodiar el tanque rodante con la última provisión de agua estaban visiblemente atemorizados. Es que sus compañeros del reservatorio habían cambiado. Ahora los miraban agresiva y hasta amenazantemente. Joaquín los había elegido como guardias del tanque por parecerle los más estoicos y valientes. Quizá no se había equivocado, pero cómo desinstintivizar ahora a todos estos animales intelectualoides que querían apoderarse, desordenadamente, del recipiente. Joaquín entendía que en el momento exacto en que se perdiese su autoridad en el grupo, la calamidad sobrevendría. Por eso decidió sentarse y obligar parar el andar desagradable de los tristes sobrevivientes, a través de la ciudad sin nombre.

Miró al pequeño grupo de personas, había mujeres, hombres, cuatro o cinco niños, cuya infancia transcurría ahora penosamente bajo el contraagua. Se preguntó si valía la pena seguir caminando. Apenas dirigió la mirada hacia el grupo, sintió el malestar en sus rostros y en sus cuerpos. Los tres hombres que cuidaban el tanque se detuvieron fríamente y parecían dispuestos a temblar de un momento a otro. El cielo pareció obscurecerse aún más. La lluvia casi ya no importaba para Joaquín. Era un elemento más de su actual sobrevida. La fatiga en sus rostros era notable. Estaban cansados de caminar. Cansados de compartir la ración de agua. Cansados de la lluvia interminable y letal. Cansados, en definitiva, de ellos mismos.

Fue cuando la fatalidad sucedió. Uno de los niños se echó a correr desesperadamente hacia el tanque, mientras su madre no atinaba a reaccionar. Iba directo hacia el contenedor, y estuvo a punto de llegar al interruptor del grifo, cuando uno de los guardianes se le interpuso brutalmente, con tanta mala suerte, que el contraagua del chico se corrió un poco en la parte de la cabeza. Entonces sí, la reacción de la madre fue inmediata, corrió a lanzarse contra el guardia mientras el chico ya comenzaba a gritar de dolor, pues una gota de agua le había entrado en el ojo. Todo sucedió muy rápido, mientras Joaquín permanecía en la distancia. El guardia y la mujer se cruzaron en una pelea de cuerpos. El otro guardia trató de intervenir. Y a los cinco segundos era un caos. La mayoría trató de avalanzarse sobre el tanque. Pero apenas llegaba, era golpeado por otro que quería llegar primero. A su vez, ése evitaba que otro se acerque al grifo y así, todos contra todos. Despedazándose unos a otros sus contraaguas y al minuto revolcándose sobre la calle de desquicio y dolor. Fue una aterradora escena de cinco minutos, aproximadamente, hasta que ya las fuerzas no le respondían y, uno a uno, comenzaron a gemir acurrucados sobre el asfalto, completamente empapados de la lluvia maldita, que les iba abriendo enormes llagas en la piel.

Joaquín, el único que no había participado en el altercado, sintió una pena terrible en su corazón. Se acercó al tanque, abrió la canilla y se sirvió un vaso. Algunos lo miraban desde el suelo, pero ya nadie tenía fuerzas para luchar por su ración, sólo se atenían a sollozar sobre el humedecido asfalto con un burbujeante gemido de muerte. Entonces el hombre se sirvió otro vaso, y luego otro, y otro.

Fue la primera vez que Joaquín bebió hasta el amanecer.

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(Del libro “Cuentos sin Fronteras”)

anibalsilvero

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