Cuentos
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La fobia de Tito

Tito Cabrera fue la persona más extraña que conocí en mi vida. Siempre tuvo una fobia con eso de la seguridad personal, en cuanto a los peligros de sufrir daño alguno se refiere. Asistió a la escuela conmigo hasta el segundo grado. Tuvo que abandonar porque su manía de que le pasase algo era tanto, […]

Tito Cabrera fue la persona más extraña que conocí en mi vida. Siempre tuvo una fobia con eso de la seguridad personal, en cuanto a los peligros de sufrir daño alguno se refiere. Asistió a la escuela conmigo hasta el segundo grado. Tuvo que abandonar porque su manía de que le pasase algo era tanto, que se largaba a llorar desesperadamente en la clase mirando a su alrededor, temiendo que en cualquier momento se le desmorone el techo del aula, o que la silla ceda al peso de su cuerpo y pueda romperse la columna vertebral, o que uno de los bolígrafos que usaban sus compañeros se le escape de pronto de las manos y se incruste en alguno de sus ojos, lo que le obligaría a vivir con ceguera parcial el resto de su vida.

De allí en más, Tito debió seguir la escuela primaria y secundaria desde su casa. El Consejo de Educación hizo una excepción muy importante con él, debido que el caso pasó a ser declarado de “interés público”.
Pero la fobia de Tito no pasó con los años. Tenía pocos amigos. De hecho, la única persona que podía visitarlo en su casa era yo. No sin antes pasar por lo que él llamaba la cámara aséptica, especie de laboratorio donde yo no sólo era desintoxicado, sino que se me hacía un estudio en tiempo real por si no portase algún virus que en alguna medida pudiese afectarlo.

Sus temas de conversación siempre giraban alrededor de él mismo y de aumentar su seguridad personal, pensándolo bien creo que era una persona muy egoísta, pero de alguna manera yo le tenía afecto y por alguna razón su obsesión por no correr peligro alguno me atraía. Hay que reconocer que era una persona muy inteligente y hábil para los negocios. Sus ideas de mercado eran sencillamente geniales y tardó sólo tres años después de recibirse de ingeniero para amasar una fortuna, sin salir de su casa, dado que hacía todo el trabajo y transacciones por internet.

Pero todo el dinero que ganaba invertía en correr el menor peligro posible. Creo que su mansión debió contarse entre las más seguras del mundo, sino la más segura. Era imposible acercarse a un radio menor de mil metros de su casa sin que un satélite lo escaneara a uno por completo. El sistema incluía la eficaz acción de una computadora donde mostraba toda la información habida de uno, incluyendo los denominados archivos top secret, dado que Tito también había hackeado la computadora de la Agencia Central de Inteligencia.

Así las cosas, no tardó en ganarse enemigos entre la gente del pueblo. Como el satélite denunciaba cualquier objeto metálico que tuviese una persona que cruzase fortuitamente ese perímetro tan poco acotado, la mayoría de las veces la computadora de Tito sólo provocaba papelones. Bastaba que alguien llevase un mísero cortauñas para que ese novedoso sistema de vigilancia encendiese una sirena. De inmediato, una luz enceguecedora enfocaba a la persona, se enviaba un rayo eléctrico paralizador desde la mansión y la policía estaba en cuestión de minutos. Así, la gente se encontraba semiinconsciente y dolorida cuando era registrada por los uniformados, quienes al constatar que ésta no presentaba peligro alguno lo dejaba ir, no sin antes tragarse el enfado y la cólera de la víctima.
Así pues, la gente del pueblo se enfureció, y resolvió echar del pueblo a Tito.

Apenas me enteré de esto fui inmediatamente a verlo. El me esperaba, como siempre, con su sonrisa mezcla de soberbia de sabelotodo y orgullo de científico.
Ya sé a qué venís, me dijo apenas me recibió. Tengo informantes en los lugares más recónditos, aunque no lo creas. Pensás que no preví esta actitud de la gente?… pues sí lo hice. Y llevándome a una especie de observatorio astronómico me mostró una cabina hermética, muy parecida a un ascensor.
¿Qué es eso?, le pregunté asombrado, dado que no veía que se dirigiese hacia algún lado.
Un descensor, me dijo. Va hacia abajo. A las profundidades mismas del planeta. He construido otra mansión diez mil metros bajo tierra. Además, como ésta es la zona llamada el corazón de América, mis cálculos a futuro aseguran que es la única zona que no sufrirá los intensos terremotos que tendrá lugar en otros lugares del planeta.
¿De qué terremotos me hablas?, le pregunté asustado.
Pero él no me respondió. Se subió a su descensor con una sonrisa que rondaba la locura y se despidió con una venia.
Fue la última vez que lo vi.

Desde ese día la mansión se volvió obscura e inactiva, y cuando se consiguió permiso judicial para entrar no hallaron absolutamente a nadie dentro de ella.
Hoy día, me cuesta imaginar la vida de Tito allá abajo. Se me hace que debe ser bastante aburrida esa nueva mansión intraterrena que se inventó. Y algunas tardes como ésta, extraño ir de visita a su casa y observarlo, como tantos años, con esa brillante sonrisa de superioridad que le caracterizaba. Creo que la vida del pueblo se volvió más aburrida sin él. Ya nadie se queja de altovoltajes callejeros ni de luces giratorias en el cielo. Pareciera que la partida de Tito al más abajo produjo una especie de vacío aquí, entre la gente del pueblo.

anibalsilvero

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