Cuentos
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El detective Quiroga

Justo cuando el detective Quiroga se aprestó a cerrar la puerta de su oficina, llegó el sujeto. Se veía algo nervioso, desencajado y con una ansiedad muy marcada. De modo que Quiroga tuvo que hacer marcha atrás y sentarse nuevamente en su mullido sillón giratorio, desde dónde lo observó con más atención aún. Aunque tenía […]

Justo cuando el detective Quiroga se aprestó a cerrar la puerta de su oficina, llegó el sujeto. Se veía algo nervioso, desencajado y con una ansiedad muy marcada.
De modo que Quiroga tuvo que hacer marcha atrás y sentarse nuevamente en su mullido sillón giratorio, desde dónde lo observó con más atención aún.
Aunque tenía un aspecto bonachón e inofensivo, algo en su mirada y en el fruncimiento de su bigote indicaba que planeaba algo macabro. Quiroga olía este instinto a distancia, dada su amplia experiencia en el tema.

Y bien? – comenzó a decir Quiroga dando paso a su interlocutor.
Bien – contestó casi secamente el otro.
Cómo no el sujeto no largó otra palabra, Quiroga continuó:
Pero no tan bien, verdad.
Es cierto, no tan bien – exclamó el hombre, como si repitiera cada frase de Quiroga automáticamente.
Entonces Quiroga entendió, debido a su amplia experiencia, que debía utilizar el método dialéctico de Platón, para desenrollar el terrible secreto que perpetraba el hombre.
Oyó hablar de la dialéctica de Platón?- le preguntó.
El sujeto pareció no escuchar a Quiroga, miraba fija y perdidamente, y en forma pausada dijo:
– Sabe qué hizo Platón con su mujer?: Cavó una fosa en el fondo de su casa, y la hizo desaparecer.
No, ese dato no lo tenía, respondió el detective, quien ya estaba intrigado por la conducta del hombre.
Y a qué viene su visita, preguntó el detective
Jamás la desenterró, dijo el sujeto
Cómo es su nombre- preguntó el detective
Platón – respondió el sujeto.
No, su nombre, el suyo, – reiteró

El hombre pareció compungirse, infló los cachetes de la cara, y como reprimiendo un chiflido, dijo:
Aaangeeel … – hizo una pausa- Aaangeeel –hizo una pausa- Angel Llll
Angel Llll?, preguntó el detective
Sí Angel Llll, viene del griego, pero no sé qué significa.
Y qué es lo que usted desea, Llll, quiso sintetizar Quiroga
Lo mismo que Platón, sentenció el señor Llll
¿Escribir el banquete? – preguntó el detective
Algo más horrendo
No me diga que quiere repetir las cochinadas que hacía con Sócrates.
No hombre, lo que le conté: quiero hacer desaparecer a mi mujer.
Se hizo un silencio.
Está seguro? – preguntó el detective.
Segurísimo – dijo el señor Llll.- Cuánto me cuesta.
Mire, dejéme ver la lista de precios actualizada. Ése ítem en especial está subiendo cada día. Cada vez es más difícil hacer desaparecer mujeres, se están volviendo cada día más esquivas. Ah, acá está, 200 euros. Por supuesto, como en las películas, 100 ahora y 100 cuando termine el trabajo.
No tengo esa plata, dijo Angel Lll

Ah, pensó Quiroga, el famoso regateo, ya ni nuestra profesión se salva.
Y a cuánto llega, dijo a regañadientes el investigador.
No tengo un peso partido por la mitad. Dijo Angel Llll
Y cuando Quiroga se levantó para echarlo, el hombre lo interrumpió.
– Pero puedo hacerlo famoso.
– Y de qué me sirve ser famoso? preguntó Quiroga.
– Es algo que no tiene precio- piense, Sherlock Holmes y Quiroga, resolviendo juntos un caso.
El detective se puso a pensar, mientras Lll le seguía hablando.
Observe el estante de su biblioteca, justo detrás suyo, muy lindas obras, que Agata Christie, que Arthur Conan Doyle, que Lewis Carrol, pero que hay de usted, qué hay de Quiroga?. Nada.
Y qué es lo que usted propone? – preguntó el investigador.
– Escribiré el best sellers de Quiroga.
– Y cómo lo editamos? – preguntó Quiroga.
– Yo mismo lo imprimo, en mi casa, con una chorro a tinta, qué le parece?
El detective vaciló un momento, pero después se dijo a sí mismo, y qué puedo perder?, y se lanzó a llevar a cabo uno de los casos más llamativos de su vida.

Lo primero que hizo fue averiguar datos sobre la víctima. Se enteró que era profesora de matemáticas, y que veía todo en el universo en forma de números: sus amistades, su perro, sus hijos, y por supuesto sus vecinos.
Ahora entiendo, se dijo Quiroga a sí mismo, la razón de Angel de querer eliminar a su mujer. Debe ser frustrante convivir con alguien que lo trate a uno todo el tiempo como un número. No sólo es humanamente denigrante, sino que lo hace recordar a uno la posición en la vida de ella, continuamente.
Quiroga no se bancaría frases como “Che 153, pasame el tenedor” o “Ya le dije al 153 de tu papá que no deje el celular en el baño, tu papá es un cuadrado pero elevado al cubo”, y cosas así.

Pero ahora lo difícil era la forma de eliminar a la señora ésta, de tal forma que parezca un accidente, como debería ser.
Cómo no se le ocurrió nada original, fue a la biblioteca virtual de la ciudad, allí buscó libros por el abecedario de la computadora, Mujer, Ajena, daba como resultados algunos títulos:
“Cómo disfrutar mejor de la mujer ajena”
“Cómo apropiarse de la mujer ajena”
“Cómo hacerse pasar por la mujer ajena, sin que el marido lo note”
“Todo lo que siempre quiso saber sobre la mujer ajena, y jamás se atrevió a preguntar”
Y al final:
“Cómo hacer desaparecer a la mujer ajena”

El libro, fechado en el siglo XIX, era una incitación al homicidio, en mil variantes diferentes. Después de leer tres páginas, Quiroga se sentía Jack el destripador antes de sus giras nocturnas.
Así que abandonó la lectura del libro, que le pareció muy macabro, y decidió tender una trampa más inocente.
Cómo sabía que la mujer de Lll iba a dar un discurso en la escuela ubicada en Ameghino al 737 por el día del maestro, decidió cavar una fosa justo abajo del escenario.
Así fue, que, noche tras noche, y en forma totalmente silenciosa, escarbó la tierra una y otra vez hasta lograr su trampa mortal. Luego, preparó la tarima del escenario con una madera en forma de falsete, de modo que a un estirón de una soga, la mujer saliera disparada hacia abajo.

Llegó el famoso 11 de Setiembre y ya estaba toda la escuela reunida. Quiroga se escondió en su propio túnel y apenas veía y escuchaba lo que sucedía afuera, pero ya había advertido a Angel que ése era el día de la ejecución. Así que Angel decidió darle una señal, enviándole un mensaje a su celular, para que éste accionase la soga, y pum, la mujer caía de lleno al vacío.

Aguardó sin hacer ruido un buen rato, tuvo que soportar el himno al patria, el himno a Sarmiento, y el himno a la matemática, que la mujer de Lll, por trabajar en la Unión de Docentes de la Provincia, había impuesto como oficial para todas las escuelas.

Y en un momento determinado llegó la señal. Quiroga accionó la cuerda y sintió como la tabla se corría y cedía todo el peso de la mujer, que comenzó a caer por la fosa, con tan buena suerte, que quedó trabada del mástil de una bandera que llevaba en la mano.

Quiroga entonces comenzó a escuchar aplauso y ovaciones, que exclamaban Viva el señor Lll, bravo Lll, aguante Lll, y elogios parecidos dirigidos al hombre. Cuando salió el investigador a la superficie, observó con admiración que Angel estaba vestido de mago y toda la escuela estaba aplaudiendo el sensacional acto que acababa de hacer.
Luego salió la mujer, quien trepó fácilmente por la fosa.
Un éxito total, exclamó Angel Lll: hizo desaparecer a mi mujer.
El investigador, desconcertado, se alejó del lugar, mientras toda la escuela festejaba el truco de magia del señor Lll.

Meses después, Angel Lll cumplió con su promesa y escribió las memorias de Quiroga, que no fue un best seller precisamente, pues Angel iba imprimiendo con su impresora de chorro a tinta, y le llevaba a un tipo en la plaza que le vendía uno o dos por semana.

Pero poco a poco Quiroga fue siendo conocido, y sus memorias, inventadas por la febril mente de Angel Lll, fueron ganando terreno en la conciencia popular. Y para todo el pueblo pasó a ser casi un mito. Para todos pasó a ser el Detective Quiroga, así con mayúscula.

Excepto para la mujer de Lll. Para ella, Quiroga jamás fue Quiroga, siempre fue, sencillamente, el detective nº 12.


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(Del libro “Cagliostro y el Museo de Piedras”)

anibalsilvero

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