Cuentos
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Diógenes y la Coca Cola

Se cuenta que el gran filósofo Diógenes de Sínope, cada vez que pasaba frente al mercado griego exclamaba: “¡Cuántas cosas hay que no necesito!”. Diógenes vivía en un tonel y como toda vasija para beber agua utilizaba sus propias manos. El mercado griego, el consumismo febril, parecía disparatado para Diógenes, en su viejo tonel cabían […]

Se cuenta que el gran filósofo Diógenes de Sínope, cada vez que pasaba frente al mercado griego exclamaba: “¡Cuántas cosas hay que no necesito!”. Diógenes vivía en un tonel y como toda vasija para beber agua utilizaba sus propias manos. El mercado griego, el consumismo febril, parecía disparatado para Diógenes, en su viejo tonel cabían su cuerpo y su felicidad, y eso era suficiente para conciliar el sueño. Sin embargo, una noche tuvo una visión funesta. Soñó que viajaba hacia el futuro, a una ciudad más tecnificada. Se vio frente a una construcción grandísima, brillante, con una vista espectacular, al frente de la cual había un letrero enorme que decía “Shopping”. Y estaba por exclamar su diaria frase de “¡Cuántas cosas hay que no necesito!” pero algo luminoso lo obnubiló desde la puerta. Se trataba de un cartel que tenía escrito “Hay cosas que el dinero no puede comprar. (MasterCard)”, seguido de otro con la leyenda «Vive la Magia (Disney)». Así que, en nombre de la sed de conocimiento, decidió entrar. Adentro, el edificio era todavía más fascinante: finos locales vidriados con una estética que superaba todo lo que había visto hasta ese momento en su vida. La disposición de los objetos, su contextura y su simetría, invitaban a sumergirse para siempre en este nuevo universo llamado “Shopping”. Le llamó la atención la primera frase que vio: “La pura verdad. (Jockey Club)”. Entusiasmado, pidió la pura verdad a la bella señorita que se encontraba en el lugar, pero ésta le mostró otro anuncio, que rezaba: «La diferencia entre querer y poder (American Express)”. Entonces fue cuando observó que en el edificio había multitud de gente, pero nadie le veía, todos estaban concentrados en adquirir productos que le ofrecían. Con una ansiedad continua, nadie se veía satisfecho con lo que compraba, todos estaban presos de una alegría efímera, que se convertía en amargura al instante de adquirir el producto, y entonces buscaban otro elemento que adquirir. Mientras todos los individuos pensaban en el deseo de poseer lo que estaba tras el vidrio, se preguntó qué sentido tenía una vida así. “Flecha va en tu mismo sentido”, le dijo un vendedor que estaba parado frente a una puerta. Pero, “¿no es un dolor continuo consumir eternamente y nunca saciarse?”, preguntó Diógenes. “Si hay dolor, con Tapsin no hay dolor”, le respondió el joven. Fue entonces cuando se dio cuenta que allí nadie pensaba por sí mismo, todos repetían alguna frase que alguien difundió antes, como modelo masivo de pensamiento. “Una Coca-Cola y una sonrisa”, dijo alguien al éter. “Bayer hace maravillas”, comentó otro hacia ningún lado. “Jumbo le da más” gritó uno más allá, y el que estaba detrás “Dígale sí a Express, Dígale sí a Terrabusi”, mientras un viejito sentado en un bar sentenció: “Mejor un Cinzano”. No, “Mejor, mejora, Mejoral”, gritó otro viejo desde el local del frente, agitando una bolsita de medicamentos. En eso, un muchacho pasó corriendo desaforadamente entre la multitud mientras exclamaba: “Nada se interpone entre yo y mis Calvin Klein”, pero se paró de repente frente a una vidriera y gruñó: “Alguien dijo McDonald’s?”, al tiempo que sacaba algo de un paquete continuamente y se lo engullía, mientras repetía mecánicamente: “Pringles, nadie puede comer sólo una”.

Ante este mundo virtual de oferta y demanda, el filósofo de repente se sintió alarmado, y se preguntó si no eran creaciones mentales suyas las que aparecían. Una joven con una remera ajustada al pecho le dijo: “Cobran vida! Estás en la generación Pepsi”. Casi sumido en la desesperación, buscó alguien con quien conversar. Pero sólo veía personas adquiriendo artículos hipnóticamente para desecharlo en el primer basurero que encontraba, y embelesarse por otro artículo que prometía ser mejor. De repente, pareció que alguien quería comunicarse con él. Diógenes se acercó al joven pero éste, con su vaso en alto, exclamó: “Quilmes. El sabor del encuentro”. Luego se sumió en el silencio y lo ignoró. “¿Qué está pasando, son estas visiones del futuro?”, se preguntó el filósofo. Una máquina que sacaba copias de su sueño le contestó: «Epson, excede tu visión».

Entonces Diógenes corrió rápidamente a la salida, seguido de un hombre que trataba de alcanzarlo mientras repetía: “Venga donde está el sabor. Venga al Mundo Marlboro”.
Comenzó a huir del edificio, en la puerta de salida, había un anuncio que decía: “Lo importante no es que vengas. Si no que vuelvas (Unicenter)”. Mientras Diógenes abandonaba el lugar al trote, una joven mujer vestida de blanco le seguía eufóricamente. De pronto, el edificio comenzó a diluirse y la mujer que le corría, antes de desaparecer por completo, le mostró una botellita con un líquido obscuro mientras le decía: “Todo va mejor con Coca Cola”.
Se despertó en la vieja Atenas, y pasó todo el día con la idea del sueño en su cabeza, sin poder quitársela, y de allí en más, cuando pasaba por el mercado griego no tenía más coraje para decir “¡Cuántas cosas hay que no necesito!”. Ya no podía pronunciar palabra alguna, en el momento en que iba a soltar su frase ufana, se acordaba de su reciente pesadilla y se contenía. Atormentado, Diógenes decidió acudir a su mentor, el filósofo Antístenes.
Una vez frente al gran filósofo, el pobre Diógenes le confesó el contenido de su sueño sobre un mundo globalizado que funcionaría alrededor de la sociedad de consumo, donde tanto tienes tanto vales, y donde cada cosa existía para escindir la esencia del hombre y crear una dependencia hombre-objeto, a tal punto que los objetos pasaban a ser más importantes que el hombre mismo. Relató todo esto muy preocupado, temiendo que en un futuro lejano pueda hacerse realidad. “No puedo sacarme la imagen de la cabeza, maestro, qué hago?”, le preguntó Diógenes. Cuál fue su sorpresa, cuando Antístenes, sacando una botellita muy parecida a la que vio en su sueño, tomó un trago del líquido obscuro que lo contenía, y le contestó: “¿La imagen? Diógenes: La imagen no es nada, la sed es todo”.

anibalsilvero

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