Cuentos
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Gorosito

Debo reconocer que la vida no le dio la mejor de las sapiencias a Gorosito. Lo que era extraordinariamente difícil era convencerlo de ello. Es que Gorosito se distinguía entre nosotros, aunque los dos nos distinguíamos. Cuando la mama repartía la ración del día también hacía esa diferencia con él, o le daba doble porción, […]

Debo reconocer que la vida no le dio la mejor de las sapiencias a Gorosito. Lo que era extraordinariamente difícil era convencerlo de ello. Es que Gorosito se distinguía entre nosotros, aunque los dos nos distinguíamos. Cuando la mama repartía la ración del día también hacía esa diferencia con él, o le daba doble porción, o no le daba nada. Así de caprichosa era nuestra mama, y así de funesta la vida de Gorosito.

Y es que yo tampoco sabría cual era el peor castigo: si comer la ración doble del magro menú de la mama, o quedarse con el hambre a cuestas. De las dos formas se sufría.

La olla negra donde se cocinaba el mejunje aquel no daba para aplausos. ¿Quieren comer reviro?, decía con voz apelotonada la fofa y sudorosa mujer de unos 50 años, haciendo acompañar con la pregunta sus pasos de elefante. Nadie respondía, porque sabíamos que igual haría, y lo peor con lo que encontraría a mano. Si ya juntar con Gorosito esos bodoques de harina nos costaba, ni imaginar comerlo después. Debo aclarar que nuestra fuente de ingreso y habitat principal era un basurero, lo que debía ser nuestra casa estaba situado en un basurero, y lo que debíamos ser nosotros nos solían confundir la gente con basura viviente también. Por eso no le querían a Gorosito, máxime por su invalidez. El camión venía a eso de las 6, todos los días y púnquete púnquete, pilas y pilas de bazofia. Gorosito se revolcaba en ella, la mama oraba a no se qué señor por la bendición, y yo me quedaba rascuñando la pared de hule de nuestra residencia, vaya rascuñazo que le daba, que después nos llovía encima cuando nos llovía.

El problema comenzó acá cuando él encontró el libro este de biología con sello de Editorial Lacorte. Vaya daño le hizo en el cerebro al pobre que yo lo jeringueaba constantemente.
Ese libro dice zonzeras, no ves que por eso lo arrojaron, Gorosito añá.

Es posible que el que lo haya tirado se haya liberado – me respondía con tono solemne. Y después movía los hombros en señal de autoaprobación.

Mi hermanastro había nacido sin brazos, y le faltaba la mitad de cada pierna. Si bien había aprendido a caminar sobre las rodillas, parecía sentirse más cómodo girando con todo el cuerpo sobre la tierra para desplazarse entre la basura, como si por cada vuelta su nariz gozase de un aroma nuevo que disfrutar. “Bendito carnaval” solía decir hablando sin usar la lengua, mientras se revolcaba esquizofrénico entre las porquerías que los camiones tiraban.

Pero el colmo de la locura de Gorosito llegó con el libro de biología ése, por el cual tuve que caminar en la empinada sierra.
La naturaleza es sabia, por eso me creó – me espetaba él entre página y página, que los leía a diez centímetros de los ojos.
Sabia una mandioca – le respondía yo, casi sacado por sus tonterías cuadradas.

Yo soy el punto de inflexión de la raza – acotaba casi colérico el tarado.
Punto de mandinga, no ves que sos un pobre diablo Gorosito.
Mi hermanastro se convenció que la selección de las especies le había elegido a él para dar el salto al hombre volador. Amanecía buscándose las plumas y cocoreaba como una gallina. “Peor que los caú loco, dejate de joder” le gritaba yo mirándole a la mama, quien como buena sordomuda no me daba la menor bolilla. Andate a freir batatas a la China, pero deja este universo en paz, y después ya no sabía que más decirle: rayado, rayado. Pero cuando me habló del plan de la demostración me preocupé. Y me sentí responsable de algo no sé por qué, deben ser esas cosas morales que te atacan para que sufras un rato en la vida. Algo de eso, no sé, pero lo acompañé a su locura.
Salimos un lunes de madrugada me acuerdo, pero el sol ya amenazaba estar loco ese día con su tremenda claridad; daba yo pasos entre el pasto y por cada paso quería maldecir la naturaleza. Gorosito, desde arriba de mis hombros, sermoneaba:
Cuando desde lo alto de la sierra saboree la victoria del vuelo, tú estarás todavía en el estrato humano.
Qué estrato humano, pensaba yo, a Gorosito le faltaba poco para ser un reptil no un ave, y a mí mucho para ser sensato, los hechos demostraban.

Por ahí el pelado decía cosas como: “Hombre, levántate y vuela”, “Este es un pequeño paso para la humanidad, pero un gran paso de águila para el hombre”, “Estamos al borde de un acontecimiento histórico”, y otros disparates más. Yo por ahí lo escuchaba, porque hablaba a los gritos el desgraciado. Pero por ahí ya mi cabeza le prestaba un comino de atención, pues tenía los pies hechos llagas por el monte. El monte de que hablo es tal, y algunos trillos no existían, tuvimos que hacerlos nosotros, yo empujaba con fuerza sobre las ramas, y Gorosito se comía telarañas y toda la escenografia que pendía a su altura. Que va, pensaba yo, si va a su propia caída libre. Una vuelta, dos vueltas, tres vueltas, cuatro vueltas, subir, escalar, subir, escalar otra vez y Gorosito siempre encima, jodiendo la paciencia con su fantasía alucinada.

Llegamos a la cima, la cima, claro, no era muy elevada, sierra algo pitoca aquella pero el tipo sacado de alegría quería bajarse de mí para arrojarse. Mientras le bajaba le volvía a decir así: mirá que no se te ven las plumas, no hay razón suficiente para tu determinación, pará la mano, loco. Pero en pará la mano loco quedé. Gorosito tomó distancia, gambeteó alocadamente al trote firme y chau se perdió.
Mañana lo buscaré me dije, seguro la mama preparaba el reviro aquel esa tarde y mis pies estaban compota.

Quise volver rápido a la casa, pero hacía dos pasos y me caía, y pum, la cara ensangrentada. Quería dar otro paso y pum, la cara ensangrentada otra vez.

Y sí, tardé un tocazo en ver a la mama, pero es que es la primera vez que andaba sin él encima.


((© Anibal Silvero – Del libro “Cagliostro y el Museo de Piedras”)

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