Cuentos
0

El Hombre y la Creación

Dios dijo: El Génesis del hombre comienza en el silencio de la noche, en la profundidad del tiempo. En el centro mismo de la naturaleza, su voz debe emerger. Su palabra debe ser la expresión misma de la vida, como una constelación indescifrable de verdades sempiternas. Su imagen será la deidad del barro, la permanente […]

Dios dijo:
El Génesis del hombre comienza en el silencio de la noche, en la profundidad del tiempo. En el centro mismo de la naturaleza, su voz debe emerger. Su palabra debe ser la expresión misma de la vida, como una constelación indescifrable de verdades sempiternas. Su imagen será la deidad del barro, la permanente figura de la ilusión del sueño, el eterno devenir de sus conceptos.

El hombre dijo:
Aquí en el planeta Tierra escrito está: debe reinar el hombre y regir sus fronteras infinitas. En el impenetrable bosque donde mora la bestia más salvaje, sellaremos el blando suelo con hectáreas de roca y de cemento.

Dios dijo:
Comes de mi pan y bebes de mi sangre. Te doy la libertad, para que recorras los anchos espacios del mundo a tu antojo. Te doy inteligencia, conveniente es que con ella coseches entendimiento, éste te servirá para discernir lo bueno de lo malo, lo correcto de lo incorrecto. Te doy un alma, tan sutil e intangible que a menudo dudarás de su existencia. Además, te presto un granito de fe: cuando sientas vibrar en tu alma la inquietud, te preguntarás y dirás: en qué consiste mi suerte?, pero volverás tus ojos azorados hacia el vacío que crea tu propia ignorancia, y exclamarás: debo destruir para construir, matar para vivir, extirpar para imponer, y arrancarás cada semilla de sol que yo he plantado para enterrar, ciego y frenético de deseo, tu negación de luz, tu raíz de codicia donde nace el fruto del error. Tú serás el bullicio que alborota los rincones. Yo seré la voz que clama en el desierto.

El hombre dijo:
La reminiscencia de tu mensaje no llega a mi conciencia. No me reconozco en el planeta que me has dado. O más precisamente, no te reconozco. He pisado este globo del espacio por miles de años, transité sus caminos y sus mares, con la desenfrenada bohemia de la existencia, con la magna incógnita del objeto de la vida. Tú has sido siempre el silencio, la invisibilidad, lo incognoscible. La inmutabilidad que nunca se percibe. Yo soy el tránsito del mundo. El pasajero banal de los senderos. Yo ocupo el vacío que Tú dejas. Soy el fantasma fatal de tu universo, el asombro irreal de tu Creación, el fruto que contamina todo fruto. Pero Tú me creaste.

Dios dijo:
Soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Y tan cerca de ti pude haber colocado la verdad que te cuesta verla, por mucho que la anhelas. Escoge la vida, y lo demás te será dado por añadidura.

Pero el hombre se cegó a su entendimiento. Taló los bosques y destruyó caminos, arrancó los árboles de raíz y asesinó criaturas a su paso. Y loco de frenesí, se aisló en la burbuja artificial de su codicia. Y cercado en un imperio falso de cal y de cemento, desde el ojo del concreto, ordenó secarse al mar, contaminarse a la tierra, y envenenarse al aire. Ordenó también matar uno a uno a sus hermanos.
Entonces, Dios, el Gran Desconocido, el Innombrable, se replegó en la Eternidad, y desde la Eternidad, envió a su Hijo Unigénito a la Tierra.

El resto, el resto es historia.

—-
© Anibal Silvero – Del libro “Cuentos sin Fronteras”

anibalsilvero

There are 0 comments

Leave a comment

Want to express your opinion?
Leave a reply!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *