Cuentos
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Dionisia y las palabras

Dionisia siempre tuvo simpatía por las letras, de niña miraba tomos y tomos de amplias enciclopedias, y soñaba algún día poder absorber el contenido de tanto material bibliográfico que circulaba por las bibliotecas. La chica era modesta y recatadísima, pero lo más llamativo es el hecho que era particularmente hermosa. Su belleza y delicadeza al […]

Dionisia siempre tuvo simpatía por las letras, de niña miraba tomos y tomos de amplias enciclopedias, y soñaba algún día poder absorber el contenido de tanto material bibliográfico que circulaba por las bibliotecas.

La chica era modesta y recatadísima, pero lo más llamativo es el hecho que era particularmente hermosa. Su belleza y delicadeza al andar y expresarse eran tales que los hombres quedaban prendados sólo con verla y escucharla hablar, y por eso mismo, era la señorita más acosada del barrio.

Se acostumbraba en el pueblo por entonces, cuando una dama caía en gracia a un caballero, que éste le expresase su fascinación a través de una nota o pequeña correspondencia que, a modo de pequeña misiva, se le entregaba a la dama en cuestión en cualquier encuentro casual o no, incluso en la calle. Dionisia era la chica que más cartas recibía de toda la ciudad. Toda clase de hombres se ufanaban por entregarle una misiva escrita donde expresaban su entusiasmo y deseo de compartir algo con ella. Al principio la joven respondía todas y cada una de las cartas que con los más variados remitentes le entregaban, cuidando especial atención en explicar su condición de negativismo, dado que en casi el ciento por ciento de los casos Dionisia respondía que no.

Pero un día Dionisia se rayó con la vida.

Quizás por sentirse objeto de tanto acoso, o quién sabe por qué, un día se traumó y decidió no responder más ninguna misiva halagüeña o no que recibiera en mano, no importa quién ni en qué circunstancia se la entregara.
El problema surgió la primera noche de la decisión, cuando llegó a su casa, no sabía dónde esconder tantos papeles, y por más bien que se lo esconda, se dijo a sí misma que alguien seguro las encontraría y sabría el secreto de su enmudecimiento.

Entonces decidió comerlos.

Uno por uno, todos las notitas que en forma de pequeñas cartas tenía en su poder, las fue engullendo, nerviosa y torpemente.
Dionisia llegó a comerse gran cantidad de frases, piropos, poemas, discursos improvisados, argumentos varios, palabras de deseos, anhelos de amor o pasión, que muchos hombres, y hasta algunas mujeres, le daban.

El problema de Dionisia era a la hora de la digestión. Con respecto a las propuestas indecentes, los improperios y los acosos verbales, no tenía ningún problema. Pronto pasaban a sus intestinos y su cuerpo los digería totalmente, sin dejar huellas de nada.
Pero con las frases sinceras ocurría algo diferente. No podía digerirlas por completo y lo poco que digería, sólo le atormentaba, pues la sinceridad y afecto que contenían las palabras quedaban resonando en su sangre y en su corazón, con un eco lastimero.

Pasaron los años y Dionisia se sentía cada vez más rara, hasta que una vez observó sobresaltada cómo algo iba creciendo dentro suyo.
Asustadísima, se fue al médico, quien le mandó hacerse exámenes.

– Qué me pasa doctor, dijo la joven, muy preocupada de su situación.
– Estás empalabrañada, le dijo el doctor, después de ver los análisis
– Y eso qué significa, dijo asustada la joven.
– Quiere decir que te han embarazado las palabras, respondió el profesional.
Dionisia se aterró.
– Pero, cómo es posible eso? – exclamó llena de pánico
– Todas las palabras que tenías adentro se cansaron de estar aprisionadas por tu negación, y han decidido volver a la luz, de dónde provienen, contestó el médico, la naturaleza odia el vacío, y reacciona cuando alguien intenta romper su armonía. El cosmos es más sabio de lo que algunas veces uno cree. Siempre cosechamos lo que sembramos y sufrimos la consecuencia de nuestros propios errores. De este modo, por cada corazón roto que hayas dejado en la vida, sentirás una puntada en el vientre.

Dionisia no entendió mucho lo que le dijo el médico, pero le pareció una feliz idea engendrar un niño, o una niña.

El día de la gestación salió de su vientre una hermosa niñita.
Primero salió su cabecita, que expresaba, conjuntamente, “qué lindo es verte” “déjame darte un beso” “quiero escuchar tu voz” “eres hermosa”
Luego su pequeño torso, compuesto por “te extraño mucho” “quiero estar con vos”, “te necesito” “te amo” “permíteme contar con tu compañía” “necesito tu calor” “añoro tus caricias” y “déjame quererte”.
Conjuntamente con su torso salieron sus pequeños brazos que estaban formados por las palabras “me gustaría abrazarte”
Y por último salieron sus piernitas, que estaban hechos de la frase “deseo caminar contigo”.

Cuando Dionisia tuvo la niña entre sus brazos, vio en su hijita todas las palabras que tanto tiempo tenía escondidas dentro suyo, y llorando exclamó: “Qué hermosa criatura he dado a luz”
Entonces, Dionisia decidió escribir el siguiente texto con las palabras que había engullido, que regaló a su hija recién nacida, para que creciera con ellas:
Contesta las cartas que te remiten. Atiende las llamadas que te realizan. Responde a quién te pregunta con inquietud. Corresponde las palabras bellas que te dicen. No te guardes respuestas, pues la incomunicación puede hacer mucho daño. Manifiéstate con todos; el silencio bien usado puede ser un excelente escudo, pero mal usado puede resultar la peor arma con la que herirás los corazones sinceros que alguna vez te han buscado, y con quienes jamás te atreviste a manifestarte. Recuerda que no hay nada secreto que no deba ser conocido, ni nada oculto que no deba ser develado. Por eso, no dejes círculos abiertos en tu vida, pues ésta tiene una forma equilibrada de realizarse, y si tú no lo cierras voluntariamente, algún día el Universo te lo cerrará a la fuerza. Y esto te puede costar dolores de parto.

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© Anibal Silvero – del Libro «Cagliostro y el Museo de Piedras»

anibalsilvero

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