Cuentos
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Caledonia, la ciudad de la unidad

Le habían comentado a Clotildo que Caledonia se diferenciaba de las otras ciudades de la región musitiana por la particular forma que tenían los habitantes en relacionarse. También se le había dicho que tanto las mesas y las sillas tenían una sola pata. Esto lo descubrió la primera vez que ingresó a la taberna Los […]

Le habían comentado a Clotildo que Caledonia se diferenciaba de las otras ciudades de la región musitiana por la particular forma que tenían los habitantes en relacionarse.
También se le había dicho que tanto las mesas y las sillas tenían una sola pata.
Esto lo descubrió la primera vez que ingresó a la taberna Los Extasiados, en el momento de pagar su botella de cerveza. “No recibimos monedas”, le habría dicho la mesera, y luego de pagar con un billete grande observó que no le traían el cambio.

Al rato, Clotildo llamó a la mesera.
Oiga, le di un billete de 100 pesos, aún no me trajo el cambio- se quejó.
Señor, usted no es de Caledonia, no?
No
Señor, sepa usted que aquí no existe el cambio.
El estupor de Clotildo fue tremendo.
Cómo que no existe el cambio?
No señor, ni el cambio, ni nada que signifique fracción, tampoco dejamos entrar a mutilados.
Esto no puede ser.
Es así, señor, no es la primera persona que se asombra.
Pero no puede ser, qué significa esto?
No significa nada, señor, simplemente no hay fracción. Fíjese la carta del bar, los carteles de la ciudad, averigüe los intereses bancarios, hemos organizado así desde la llegada del reverendo Inimus.
Quién es el reverendo Inimus?-se inquietó Clotildo.
Es quien ha traído la doctrina de la unidad al pueblo. Yo creo que es un sabio.
No me diga, más bien parece astuto, una cerveza me costó 100 pesos.
No se haga problema por eso, vaya usted a la iglesia con este vale y 10 pesos y le reintegrarán los 100. En este pueblo no le van a estafar, nada más que tendemos hacia la unidad y el darle el cambio en fracción es un despropósito en esto.

Clotildo se dirigió entonces a la parroquia Los Peregrinos, más interesado en recuperar sus 100 pesos que en conocer a Inimus, y fue en el trayecto que prestó atención a los detalles del pueblo.
Caledonia no tenía cuadras ni manzanas, era todo un solo distrito. Las casas no eran rectangulares, sino semiesféricas, construidas con una lona de plástico. Tampoco tenían puertas ni ventanas, por lo que observó

Clotildo la gente entraba y salía por debajo, estirando un poco el plástico. No había calles, todo estaba unido por pasillos donde era muy difícil guiarse. Fue preguntando y después de unos cuantos rodeos llegó a la consabida capilla. Ésta también era semiesférica pero construida de material, arriba tenía un madero, quizá imitando una cruz. A diferencia de las casas, había un espacio más considerable entre la tierra y el comienzo de la construcción, de modo que agachándose un poco se podía ver por dentro, desde donde le saludó quien debería ser el reverendo Inimus. Vestía túnica, muy parecida a la franciscana, y se hallaba con las dos manos juntas.

Buen día, dijo fuerte Clotildo. El otro hombre, sin separar las manos, le hizo señas para que entre.
Fíjese usted – dijo el hombre a Clotildo, una vez que éste se acercó- qué sencilla esta enseñanza. Los brazos del hombre nacieron para abrazar, las manos para estrechar otras manos. Mis dos manos se estrechan ahora, y el complemento de energía y religión que hay entre mis dos manos es algo superlativo. Si comprendiéramos esto no habría el concepto de separatividad. Hay que eliminar la idea de división y sección de la mente.
Cómo es eso de eliminar la sección? – preguntó Clotildo.
La división es la causa de todos los conflictos, -explicó el gurú-, se dividen las religiones, las creencias, la fe, los gobiernos, las sociedades, y así no logramos la unidad, y por lo tanto tampoco logramos la felicidad.
Y por qué usted piensa que todos tienen que pensar como usted? – preguntó Clotildo, haciendo vacilar un poco al religioso por un momento.
El tema es que todos nos pongamos de acuerdo en esto, es a lo que tiende esta doctrina. –explicó.
Gustaría cambiar este vale –le espetó Clotildo, pasándole el vale con los 10 pesos.
Ah sí, por supuesto, disculpe usted si pasó un mal momento, pero sin duda le sirvió al menos para reflexionar el tema? -dijo extendiendo los 100 pesos, que Clotildo recibió gratificado.
– Tenga usted suerte con su religión –le dijo Clotildo, en forma de despedida.
– Le agradezco buen hombre, por favor reflexione.
– Sí seguro –dijo Clotildo, como por obligación.

Salió de ese pueblo, el más extraño que conoció jamás, y de alguna manera reflexionó por un minuto sobre la idea de la división, la fracción y la partición en el mundo.
Mantuvo esa sola idea por bastante tiempo durante el trayecto.
Por un largo rato, el velocímetro del auto de Clotildo se mantuvo a 100 km/h.

(Del libro “Cagliostro y el Museo de Piedras”)

anibalsilvero

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