Cuentos
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El Maestro Dionisio

Estoy huyendo del pueblo del Maestro Dionisio con la fe en que la humanidad va a cambiar. Cruzo las obscuras calles de la ciudad con paso acelerado, como guiado por una luz interna, veo a las gentes cruzar al lado y a través mío sin percatarse siquiera de mi presencia. Siento lástima por ellos. Pero […]

Estoy huyendo del pueblo del Maestro Dionisio con la fe en que la humanidad va a cambiar. Cruzo las obscuras calles de la ciudad con paso acelerado, como guiado por una luz interna, veo a las gentes cruzar al lado y a través mío sin percatarse siquiera de mi presencia. Siento lástima por ellos. Pero la angustia llega a su punto límite cuando, borrosamente, dado que estoy concentrado en mi acelerada huida, me acuerdo de Yolanda. Ella fue mi compañera durante mucho tiempo. Tal vez por ella regresaría a enfrentar nuevamente al Maestro Dionisio y todas sus huestes, pero ahora ya no tiene importancia. Porque ella ha cambiado. En apenas tres días fue tragada por el poder tenebroso del maestro. En apenas tres días pude vislumbrar lo que en toda mi existencia no lograba, pero nuestros caminos son misteriosos y yo los recorro sin detenerme mucho a pensar hacia dónde exactamente me dirijo, incluso a veces se me ocurre pensar que el final es el propio camino, y que la iniciación en la doctrina del alma es la propia vida.

Desde que descubrí en mí este don, -o maldición-, de ver sin ser visto, de caminar sin sentir mis propios pasos, mi vida no pudo seguir el curso común y corriente de las millones de gentes que deambulan por el mundo sin preocuparse de su destino. Desde ese momento, desde ese día, me sentí diferente, y por consiguiente viví como una persona diferente.

A los 13 años me afilié a la escuela dionisíaca, quizá en la búsqueda de algo que explique esta cosa que poseía, esta rara facultad que me convertía en algo distinto y que me socavaba la mente una y otra vez, y seguí las enseñanzas dionisíacas al pie de la letra hasta hace muy poco, hasta hace apenas un par de días, en que toda la estructura se derrumbó ante mis ojos en un solo un sismo psicológico.
Estoy caminando con mucha prisa huyendo de esta ciudad maldita. De estos hombres mecánicos que se han dejado absorber por la doctrina. Yo intento sobrevivir a todo esto. No sé si lo lograré, estoy demasiado lejos del límite del pueblo y demasiado apegado a Yolanda. Tal vez deba dar media vuelta, considerar las palabras que el Maestro Dionisio me ha profesado, y quedarme a vivir el resto de mi vida en esta infernal comarca, en este paraíso virtual donde reina Dionisio.

Voy huyendo, creo yo, demasiado a prisa a través de las calles pobladas de sonámbulos. Cuando realizo esta práctica de caminar sin ser visto, percibo como una energía constante en todo el cuerpo, me siento como hecho del mismo aire y se me van de mí mis sentidos. Uno que otro pensamiento se me viene a la mente, a veces un sueño, hasta que toda esa nube de fantasía es cortado por el rumbo que elijo. Mi primera experiencia fue a los doce años. Comenté a unas personas de mis raras vivencias, pero unos se rieron y otros tomaron el tema con demasiada gravedad, a tal punto que casi fui a parar a un manicomio.

Siete años estuve junto a Yolanda, compartiendo las enseñanzas del maestro Dionisio. Estos siete años pasaron demasiado de prisa, a mi parecer, y jamás dudé de la veracidad de la doctrina del maestro. Hasta que lo conocí hace días.
El camino de la doctrina es así: tres años para ser mensajero, tres más para ser enviado y uno más, o sea el séptimo, para ser miembro honorario de la logia. Hasta aquí llegamos con Yolanda. Como miembros honorarios, teníamos derecho a visitar la Lejana Tierra del Profeta, la ciudad de piedras construida a las orillas del río Eufrates, desde donde el maestro Dionisio esparce su doctrina a toda la humanidad. Aquí viajamos hace unos días. A esta ciudad de muertos vivientes. Hace dos días atrás me recibió Dionisio en persona. El tiene un palacio frente a la plaza central de la ciudad. Es una mansión lujosamente adornada por dentro y por fuera y cuenta con alrededor de 300 sirvientas. Fuera de su palacio la gente del pueblo va turnándose en grupos de 49, en siete filas de siete cada una, para entonar canciones día y noche al venerable. Son plegarias y alabanzas dirigidas al maestro. Y es que la gente de este pueblo cree que Dionisio es Dios hecho hombre.

Desde el momento en que llegué a su palacio, el maestro se interesó mucho en mi facultad, quería saber cómo lo experimentaba y todo lo que sabía al respecto. Yo le dije la verdad: fue algo que tuve desde chico, jamás razoné ni encontré la forma de aumentar o disminuir la potencia de esta virtud, si bien he logrado resultados fascinantes cuando ocupo mucho la concentración. Me molestó lo inquietante de sus preguntas y, mirándole a los ojos me cayó una terrible realidad en el alma: me percaté que usaba la sugestión para convencer. Para mí fue una gran decepción, y se lo dije, pero el maestro, en un arrebato de soberbia me dijo: Debes ver esto…

Entonces me llevó a un recinto adonde había alrededor de veinte chicas adolescentes, todas con vestidos blancos. Una especie de mesa de piedra hacía de centro. Dionisio le dijo a dos de ellas que se acerquen, y tomando un cuchillo le dijo a una: córtate.
La joven, sin pensar dos veces y con una sonrisa en los labios, sin hacer el menor gesto de sufrimiento o congoja, pasó el cuchillo por una de sus muñecas y la sangre comenzó a bullir a borbotones. El maestro Dionisio colocó un cáliz de metal sobre la mesa de piedra haciéndole una señal a la pobre chica, que sin embargo parecía disfrutar por dentro haber obedecido ciegamente la orden. Una vez que la copa estuvo por la mitad, Dionisio dijo, “bebe”, a la otra chica, quien también sin titubear tomó de un solo trago toda la sangre allí vertida, con un gesto de inusual complacencia, como si con este acto hubiese ganado su entrada a la vida eterna. El maestro levantó su brazo derecho y todas las chicas dijeron a coro: Dionisio sea glorificado.

La escena me espantó. Salí inmediatamente del lugar. En la sala contigua, Dionisio me estaba esperando, todavía no me explico cómo hizo para llegar antes que yo.
Qué significa todo esto?, le dije, con la certeza que él no iba ocultarme nada.
El poder de la sugestión, – dijo, señalando con un círculo el pueblito-imperio que le pertenecía.- Conoces un poder mayor sobre la tierra?
La pregunta me superó. Inmediatamente supe que, por más que buscase otro tipo de poderes, ninguno era semejante a la sugestión, éste es como el pegamento que mantiene unida la débil estructura levantada por la mente del hombre, para no morirse de realidad.

Se supone que no debemos codiciar poderes sino prepararnos para recibirlos- le dije, recordando una sentencia hermética.
Crees que no estoy preparado? Además, los hombres vivirán siempre hipnotizados, conmigo o sin mí- me dijo, y se retiró sin mediar más palabras.
Pero fue al salir del palacio que tuve la primera reacción mental fuerte. Había siete guardias, cosa que yo no había advertido al entrar. Todos estaban armados. Tenían una especie de ametralladora corta cada uno, un tipo de arma que yo jamás había visto. Camino al albergue donde estaba Yolanda, pregunté a un guardia que encontré en la calle:
Matarías por el maestro Dionisio?.
El sujeto pareció asombrarse primero de mi pregunta, pero automáticamente dijo:
Por supuesto.

Ya en el lugar donde estaba Yolanda, todo intento de convencerla de salir de allí fue inútil. Sólo terminó hablando mal de mí y de mi supuesta facultad y de cómo nuestra relación había girado alrededor mío siempre. Le planteé el tema de huir pero a ella eso le pareció una locura. Para ella, el loco era yo. Fue entonces que me percaté del movimiento a la entrada del albergue. Al mirar por la ventana, vi centenares de hombres fuertemente armados que entraban de prisa. Caí en la cuenta que estaban tras de mí. Estoy seguro que venían a matarme. Me encerré en uno de los cuartos del albergue, puse el cerrojo y me concentré en salir de allí lo antes posible. Lo último que recuerdo es la voz de Yolanda gritándome: – Estás loco, estás loco.

Bueno, ahora mismo no estoy muy seguro de poder garantizar todas mis palabras, porque en cada correr sin pensamiento, como lo hago, presiento que veo las cosas como una burbuja. Pero eso, claro, forma parte de mi don maldito. Recuerdo que una de las veces que hice esta práctica con mucho entusiasmo fue a los 15 años. En un baile, fuimos virtualmente invadidos, aparentemente sin razón alguna, aunque después me enteré que hubo una gresca en la salida, por policías que entraron a reprimir y subir a chicos y chicas a las patrullas y móviles que poseían. Sentí muchas ganas de salir de allí, pues pensé en la preocupación de mis padres. Me senté entonces en el piso en un rincón del baño de hombres. Me concentré en la casa de mis padres y usé el deseo ferviente de volver como si fuera un dínamo. Así es como funciona mejor. El cuerpo entonces parece hincharse y se siente liviano, como si de pronto las moléculas de uno fueran más livianas que el mismo aire. Entonces, en ese estado de ensoñación, me paré y empecé a correr con una ligereza y rapidez formidable. Dos minutos después estaba en mi casa.

En este estado tan sutil de mi cuerpo para la mayoría de la gente soy invisible, aunque algunos me manifestaron que me sienten como un fantasma vagando por el espacio. Si tuviera que explicar este fenómeno, diría que mi cuerpo se sumerge directamente en otra dimensión, y que esta otra dimensión, desde la cual estoy corriendo y pensando ahora, es mucho más real incluso que cualquier otra.

Considero las palabras del maestro Dionisio sobre la sugestión, y me pregunto si lo mío no es simplemente una derivación de su afirmación, si no soy un pobre diablo sugestionado por mi propia mente, tan encrucijada en mi propia fantasía como para hacerme invisible a otros. También es posible que me hayan alcanzado las balas de los guardianes de Dionisio, hace unos instantes y yo esté corriendo únicamente con lo que me queda de alma y mi cuerpo esté bañado en sangre, aquí, en la Lejana Tierra del Profeta.

También considero la posibilidad de que yo jamás haya salido del sanatorio psiquiátrico que me llevaron a los doce años, que vivo una irrealidad constante y el maestro Dionisio y Yolanda sean producto de mi propio deseo de ser diferente.
Lo único cierto en mí es este estado de no lucidez cuando me transporto en pocos segundos, por mi propia voluntad, de un lugar a otro, traspasando puertas, muros y paredes sin ningún inconveniente, como si fueran simples imágenes de un mundo inferior.

Yolanda se quedó con el maestro Dionisio. Quizás más adelante el maestro extienda su pequeño imperio, como noté que piensa hacerlo, convenciendo a más gente. En todo el planeta, sus seguidores ya se cuentan por millones. Tal vez incluso acapare el suficiente arsenal como para convertirse él mismo en una potencia mundial. Supongo que no le será fácil, habrá gentes como yo que no serán presas de su poder de sugestión. Gente como yo, que sepan transportarse a través del espacio como enigmáticos espectros. Aún queda mucho por descubrir en el mundo, y estoy seguro que habrá otros hombres que crucen la frontera de lo desconocido, como yo ahora. Sé que todo esto es posible.

Simplemente, pienso que deberíamos tener más fe en la humanidad.

(Del libro «Cuentos sin Espacio»)

anibalsilvero

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