Cuentos
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El banquete

Tardé en darme cuenta que soy una rata de laboratorio. Una vil, odiosa y astuta rata de laboratorio. Como toda rata, soy muy inquieta y siempre procuré algo más que la ración que me daban día tras día. Creo que mis amigas también son muy listas, pero no tienen el coraje que tengo yo. En […]

Tardé en darme cuenta que soy una rata de laboratorio. Una vil, odiosa y astuta rata de laboratorio. Como toda rata, soy muy inquieta y siempre procuré algo más que la ración que me daban día tras día. Creo que mis amigas también son muy listas, pero no tienen el coraje que tengo yo. En eso me diferencio de ellas. Ni siquiera temí en su momento perder mi ración diaria. Yo creo que eso me liberó. Y es que si me pregunto ahora por qué ninguna de las de mi especie, que viven en cautiverio como hasta hace unos minutos vivía yo, jamás se animaron a pasar por el tubo de la fatalidad, sólo tengo una respuesta: nos drogaban. Estoy segura ahora, que estoy libre, ahora que respiro por primera vez la atmósfera terrestre, que estuve años y años bajo el influjo de una droga soporífera y amnésica, a tal punto que no recuerdo bien partes de mi propia vida.

No rememoro, por ejemplo, el momento en que nací, ni mi primera infancia. Mi primer recuerdo es ya el laboratorio. Ese opaco, ruin, obscuro y tedioso cajón de laboratorio. Sin embargo, a pesar de toda la droga que me daban yo siempre, secretamente, ansié la libertad. Conste que no fue fácil. La primera vez que no comí la ración, eso sí recuerdo con nitidez, me pareció el fin de mi vida. Percibí que pararon de pronto todos mis signos vitales, me sentí desfallecer, y una languidez física y mental me invadió por completo. Duró muchísimas horas, pero yo nunca perdí la constancia de seguir viviendo. Al fin y al cabo, pensaba yo, es sólo una droga. Tiene que pasar. Y así, resistiendo y resistiendo pasaron las horas. Anocheció un día, amaneció otro, volvió a anochecer y a amanecer y yo seguía postrada allí, como un cadáver. Hasta que al tercer o cuarto día me levanté. No resucité, simplemente me levanté entendiendo que no necesitaba la porción de sustento. Entendí entonces que la ración era la muerte y ahora yo estaba viendo y viviendo de verdad.

Comenzó así mi primera certeza de poder.
Caminé loca de contenta a mis anchas por todo el laboratorio y pronto descubrí que éste es mucho más grande de lo que yo conocía, de hecho, cuanto más recorría hallaba más compuertas secretas que daban a otros antros parecidos al mío. En ellos podía pasar únicamente por la tubería, y desde allí observaba, a través de la rejilla, el destino que se le guardaba a otros roedores como yo. Los humanos les hacen sufrir de mil formas. Pero lo más común son los electrodos en el hocico. Por alguna razón, nuestros crueles amos saben que esa zona nos afecta notablemente el comportamiento, de modo que en cada sesión de tortura nunca faltan pequeñas corrientes al hocico. Me apiadé mucho de mis hermanas, llevando una vida de ratas en los talleres de experimentación de los decadentes bípedos racionales. Y decidí salvarlas. Máxime cuando descubrí que nosotras no morimos. En los pasillos vi congéneres que hace más de cien años están siendo martirizadas y nunca se enfermaron. Descubrí que no importa cuánto sufrimiento se nos suministre o qué tipo de apremio se nos imparta, continuamos después de una hora como si nada.

Al final de mi travesía, me aventuré al pasadizo central, justo frente al canal de la fatalidad. Este canal es el terror mayor para muchas de nosotras, así me enteré hablando en baja frecuencia con ellas, vagando estos días por los túneles de experimentación humana. Es nuestra amenaza subconciente desde la primera ración de droga. Dicen que este canal es la antesala del infierno, sino el infierno mismo. Ante tan imponente leyenda, no pude menos que temblar, al verme frente a frente ante tan horroroso pasadizo que conducía quién sabe a qué. Pero me recordé de la ocasión que me abstuve de comer mi ración de alimento y sentí a la vez un valor basado en mi propia soberbia que me llevó a entrar de un solo paso al misterioso túnel. Dentro no sentí nada. Evidentemente, era otro de los metemiedos de los repugnantes animales intelectuales que teníamos de tiranos. Llegué al final del túnel, y me encontré con una alcantarilla de acero puro. Cuál fue mi sorpesa que al morder éste cedió totalmente como si se tratase de papel. Escupí algunos bulones y tuercas y luego salí a la superficie.

Un guardia de seguridad del predio me atacó recién. Me descerrajó unos treinta balazos pero como si nada, le corrí y me divertí masticándolo a él y a su ametralladora por un rato. Ahora estoy parada en la terraza del laboratorio, después de comerme cinco hombres y un perro que custodiaban el predio. Desde aquí la ciudad se ve gigantesca, pero nosotras somos muchas, quizá haya cinco mil hermanas allá adentro. Debo reconocer que la carne humana satisface más que la magra comida que me daban. Voy a avisarles a mis amigas, creo que nos espera un gran banquete.


(Del libro Cagliostro y el Museo de Piedras)

anibalsilvero

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