Cuentos
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El Eclipse

Sebastián miró una vez más por el telescopio, pero no alcanzó a entender nada de lo que veía. Guillermo, por su parte, se mandaba un discurso de quien sabe qué enciclopedia de astronomía, o, lo que era más probable, sin fundamento alguno. El Eclipse será a las 19, hora local- dijo con una seguridad casi […]

Sebastián miró una vez más por el telescopio, pero no alcanzó a entender nada de lo que veía. Guillermo, por su parte, se mandaba un discurso de quien sabe qué enciclopedia de astronomía, o, lo que era más probable, sin fundamento alguno.
El Eclipse será a las 19, hora local- dijo con una seguridad casi perturbadora.
Sebastián trató de esforzarse un poco para dilucidar el para él extraño mapa que se dibujaba ante su ojo, en el visor del telescopio.

Cómo se llama el planeta?, dijo con un tono suave, casi tímidamente
No me acuerdo- respondió Guillermo
Pues podrías empezar recordando un poco- se enojó el joven.
No, Sebastián, al planeta lo bauticé No me acuerdo, fue lo primero que se me ocurrió, y preferí colocarle un nombre que recuerde fácilmente. Verás, la arteriosclerosis me está jodiendo mucho, ahora simplemente debo preguntarme, cómo se llama el planeta que descubrí, no me acuerdo, y listo, eso se llama mnemotecnia.
Sebastián no hizo el más mínimo gesto de aprobación.
Mnemotecnia suena como sinónimo de manicomio.
Guillermo se frotó las manos por su cabello desordenado y casi blanquecino y no pudo disimular una mirada de orgullo. No había mejor halago para el científico, y eso lo sabía su amigo, que insinuar que estaba loco como una cabra.
Pero, como si aún quedaba alguna duda, Sebastián prosiguió:
Estás loco como una cabra.
Y continuó:
Esto es algo serio, Guille, Adriana es la razón de ser de mi vida. No puedo permitirme un error en esto.
Seba, siempre hay un margen de error en los cálculos astronómicos, pero el porcentaje es mínimo.
A ver, a ver, comencemos de nuevo: Yo cité a Adriana a las 19 en punto para que el fenómeno suceda en el momento en que estoy con ella. ¿De cuánto podría ser el margen de error que estamos hablando?
Y… de veinte mil o treinta mil años.
Queeé!!
Pero es mínimo. Considerando que la edad de la nuestra galaxia es, por lo menos, un millón de veces más.
Pero no, Guillermo, no puedo esperar veinte mil años para sorprender a Adriana, dentro de 50 ya me costará besarla.
Eres muy impaciente. De todos modos, los cálculos apuntan para mañana a esa hora. Es todo lo que te puedo ofrecer. Lo otro sería conseguirte una chica un poco más normal.
Sebastián cambió su rostro. No le gustaba manifiestamente que se pusiese ese factor en tela de juicio.
Ella es normal. Simplemente está convencida que existe lo sobrenatural y daría cualquier cosa por quien le demostrase algo fuera de lo común.
Guillermo miró a su amigo con una expresión de lástima. Pero recordó que él también se había enamorado una vez en su juventud, hasta el punto que trabajó en su máquina del tiempo casi tres meses, claro que sin resultado alguno.

Pero la abstracción de Sebastián se cortó cuando vio el reloj de pared. Las 6 y cuarto y todavía debía ir a Mundo Mágico. Se despidió de su amigo con una venia y cruzó rápidamente la calle, rumbo al local de fantasías que estaba a tres cuadras.
Era la primera vez que entraba al local. Estaba repleto de cajas de muchos colores con nombres en inglés la mayoría, aunque las había también en castellano. Todos trucos. Desde decapitar a una mujer, hasta hacer aparecer un avión en la plaza central del pueblo. Sebastián esperó algunos minutos, y al no aparecer nadie, golpeó las manos. Desde el fondo del local, vio venir una figura bastante extraña: era un hombre vestido de bufón, que saltaba y caminaba como bailoteando, mientras decía:
Ya estamos acá, ya estamos acá. Qué se le ofrece, señor.
Busco un buen truco. Debo impresionar a la mujer que amo.
Creo que tengo lo que usted necesita- dijo el hombre vestido de bufón y sacó de la estantería un cuchillo grande de cocinero y, con un movimiento rápido, se cortó la mano a la altura de la muñeca.
Sebastián dio un salto hacia atrás mientras el bufón ser reía a carcajadas. Con la mano que aún tenía, tomó un tridente y pinchó la mano cortada que estaba en el piso. Luego le arrojó a Sebastián mientras le decía: Fíjese. El muchacho tomó despavoridamente la extremidad, mientras el bufón continuaba:
Ve que es una mano de goma. Es un truco. Mi mano auténtica aún la sigo teniendo. Es un truco fantástico. Si lo lleva hoy tendrá el 30 por ciento de descuento.
Sebastián tocaba la falsa mano con asco.
No, señor, disculpe. Busco impresionar a una chica, pero no de esta forma. Algo que le produzca asombro y alegría al mismo tiempo. Ah, y que no pase de 10 pesos.
El vendedor corrió hacia uno de los estantes mientras decía:
Claro, usted necesita un clásico. La flor bajo la manga, truco n° 325, aquí la tiene. Siete pesos en superoferta. Impacto garantizado.
Y cómo funciona?
Sólo se lo coloca bajo la manga. En un momento determinado usted se aprieta el codo, accionado este botoncito, ve?. Allí emerge desde su mano un impactante ramo de rosas. Este truco funciona siempre.

Sebastián le pagó al vendedor mientras pensaba “Este hombre no conoce a Adriana. Con ella es lo de siempre lo que no funciona”. Miró su reloj y pegó un salto, faltaba sólo 10 minutos para las 19, debería llegar en cinco minutos al Parque de los Misterios, en el corazón del complejo Uspallata, al este del pueblo. Corrió, tomando el atajo sobre la avenida Cabildo.
Cuando llegó al parque, ella estaba allí. El corazón se le puso de gelatina.
Trató de comenzar alguna conversación, pero la mujer no se veía de buen humor.

Bueno, vamos a lo nuestro- dijo ella sin dejarle terminar su primera frase- me citaste con el argumento de que me ibas a mostrar algo sobrenatural, de qué se trata.
Sebastián sabía que Adriana era una mujer muy cariñosa y afectiva. Pero, antes que nada, era muy práctica.
Bueno, yo –comenzó diciendo el joven, luego casi susurrando- algo va a suceder aquí.
La chica miró a su alrededor y luego a Sebastián mientras con sus manos hacía un signo de “y… entonces?”
Sebastián miró su reloj, marcaba las siete en punto, luego miró directamente al cielo. Efectivamente, como le dijo su amigo, estaba allí la luna, en pleno día, como una intrusa en el despejado cielo. Pero el otro planeta, el que produciría el eclipse, no aparecía.
Sebastián trató de hacer tiempo. Le dijo a la mujer, “espera un momento” y caminó veinte pasos hacia el árbol más cercano. Cuando volvió, el planeta no aparecía y la chica se veía más impaciente que antes.
Qué buscas en el cielo?- le preguntó, viendo que Sebastián no sacaba los ojos de la luna.
Un planeta – le dijo.
Qué planeta?
No me acuerdo- fue la respuesta.
Mi paciencia tiene un límite, Sebastián.
Necesito que me comprendas. Es un eclipse. Va a suceder, sino ahora, dentro de veinte o treinta mil años.
La mujer se mostró disgustada.
No me gusta que me tomen el pelo- le dijo
Entonces el muchacho, ante la desesperación y como último recurso, se apretó el codo y en su mano apareció un bellísimo ramo de rosas.
La chica le miró casi con lástima:
Mundo mágico, Truco n° 325 – le dijo ella, mientras dio vuelta para marcharse.
Sebastián se había olvidado que Adriana era una fanática de los trucos de magia, y por lo visto ya ninguno le sorprendía. Le siguió ligeramente los pasos mientras le decía:
Dame una oportunidad. Una última oportunidad. Mañana a las 19. Algo conseguiré, o haré o se me ocurrirá, no sé.
La chica se detuvo. Lo miró con una rara mezcla de furia y ternura y le dijo:
Última oportunidad. O pierdes mi confianza para siempre.

Sebastián no durmió en toda la noche. Pensó cuál podría ser la acción sobrenatural que podía llegar a conseguir. El problema no estaba fácil. Hojeó varios libros esa noche: electrónica, astrofísica, ecología, medio ambiente, tecnología, y muchos otros, pero en ninguno encontraba una mísera pista que le condujese a algo concreto. Llegó a revisar libros de religión, a ver si podía encontrar el origen de los milagros, pero la mayoría no definía, salvo por la fe misma, cómo hacía esa gente para hacer tamaños prodigios. Ya entrada la madrugada, se le ocurrió pensar en acudir al espiritismo, total, siempre hay una entidad dispuesta a mover la copa por un paquete de cigarros brasileros. Pero después pensó que no. Eso sí que sería quitarle magia a la relación. Lo suyo parecía pues, un callejón sin salida.

La madrugada encontró al joven despierto, sentado en la mesa del comedor y tomando lentamente un mate tras otro, como si en cada sorbo se podría filtrar la fórmula.
Antes de las 8 ya estaba en la casa de Guillermo. Este último se encontraba sentado en su biblioteca, leyendo un libro enorme como un atlas.
Qué es eso?- preguntó Sebastián.
Trucos de Holliwood, en la pantalla grande sé es más reconocido que con la astronomía. Lo encontré en Mundo Mágico.
“Otro cliente más”, pensó Sebastián, cuando intentó contarle su frustración del día anterior. Pero se abstuvo, cuando observó la orientación del telescopio. Estaba dirigido hacia el cielorraso, en lugar de la abertura del techo. Se acercó para mirar por el lente: los supuestos astros del eclipse continuaban. Acercó la escalera de pie que estaba contra la pared y trepó hasta el lente exterior. Observó pequeñas manchitas, que limpió con un pañuelo. Al mirar de nuevo por el telescopio, no vio ninguno de los planetas del día anterior, sólo una nebulosa que debía ser el cielorraso de la habitación. Su amigo, a pesar de estar abstraído con su nuevo libro, no pudo evitar preguntar.
– Todo bien, Seba?, te veo algo triste.
No es para menos. No puedo demostrarle a Adriana el más mínimo hecho sobrenatural. Ya me creo casi perdido.
No puede estar perdido quien nunca se encontró – remató su amigo, luego se internó en la lectura de su libro.
Sebastián salió lentamente de la casa del científico. Eran las nueve de la mañana y no tenía la más mínima pista. “Un eclipse! –se dijo fuerte- Guillermo está totalmente loco”. “Estoy más loco que una cabra!” se escuchó decir al científico desde la distancia.
Sebastián se dirigió a la capilla San Ramón, el padre Nicolás estaba en el patio lindante sentado, fumando un cigarro brasilero.
Usted fuma, padre? – le preguntó algo expectante el joven.
Nunca allá adentro – dijo apuntando la capilla. Luego continúo- qué estás buscando, hijo?
Necesito un milagro, padre.
El cura sorbió con más profundidad el humo, agrandando bastante sus ojos saltones.
Necesitas tener fe- le sintetizó el sacerdote.
Eso ya lo sé, padre, pero con fe cualquiera hace milagros. – y continuó, casi susurrándole al oído- Yo necesito un milagro, pero soy escéptico.
Escéptico!, válgame Dios! Tenés pocas posibilidades que el Señor se fije en vos.
Sólo necesito un milagro- insistió Sebastián, quien no estaba dispuesto a soportar un sermón gratuitamente.
Lo siento, hijo, en este caso la Iglesia no puede ayudarte. – Le dijo el cura finalizando la conversación.

Sebastián salió de la iglesia pensando: “Qué mezquina esta religión, sólo tienen prioridad sus adeptos”
Y caminó un rato por las calles del pueblo. Volvió a pasar por Mundo Mágico, y vio al vendedor saludándolo sin su mano derecha a través de la vidriera e invitándolo a pasar. “¿Qué pasó con su mano? Qué truco más extraño!”, exclamó el joven, se fue al primer bar que encontró, y pidió una cerveza.
Estaba bastante desolado, por lo que lo tomó con más ahínco que nunca. Pidió otra más. En una de sus cavilaciones, se le cruzó por la cabeza la imagen de Adriana, en el altar, casándose con el vendedor vestido de bufón, con el padre Nicolás oficiando la ceremonia. Se veían muy felices los dos, el bufón tenía un garfio en la mano derecha y ella sonreía con una calidez que a Sebastián se le partió el corazón. El padre los bendijo y a ella le costó un poco colocarle el anillo en el garfio. También vio a Guillermo recibiendo el premio Nobel por haber ampliado la teoría de la relatividad. El salón de la entrega estaba repleto de gente. Guillermo saludó con una venia y cuando agarró el micrófono sólo dijo: – Estoy loco como una cabra. Loco como una cabra! – , frase que repetía saltando desordenadamente. En ese momento, Sebastián se despertó sobresaltado en un banco de la plaza, con una lata de cerveza a su derecha. Trató de incorporarse, olvidando cuántas botellas había ingerido, pero la hora le sobresaltó: Seis y cincuenta. Es imposible. Tenía apenas diez minutos para llegar al Parque de los Misterios, en el corazón del complejo Uspallata, al este del pueblo. Apresuró la marcha y hasta corrió buenos trechos para llegar a tiempo a la cita.

Cinco minutos tarde. Para una mujer como Adriana, eso era casi una ofensa, pero a él le dolió cada minuto, mientras venía corriendo a encontrarla. Ella estaba sentada bajo un lapacho, cuando lo vio hizo una expresión de disgusto. Como Sebastián ya sabía lo que le esperaba, simplemente se dirigió lenta y pasivamente hacia el árbol. Durante su caminata ella había vuelto a cambiar su rostro, pero esta vez como nunca antes lo había visto Sebastián, su expresión era de un asombro casi místico. Pero él no detuvo su marcha, aunque más de una vez se vio tentado a girar para dilucidar en qué se centraba esa abstracción tan particular de Adriana. Incluso cuando llegó, ella seguía perpleja, como disfrutando cada segundo. Cuando el joven giró, vio una cosa increíble. La luna, en plena tarde y allá en el más lejano firmamento, era tapada lentamente por la sombra de un planeta. Sebastián quedó perplejo. “Dios existe! deberé retractarme con el padre Nicolás” se dijo a sí mismo.
El espectáculo duró un par de minutos, pero no dejaba de ser el fenómeno más impactante que él recordase haber visto durante toda la vida.
Luego, ella lo miró sonrientemente. Él apenas hizo un gesto de “ahí lo tienes”. Ella le preguntó, ¿adónde quieres ir?. Entonces Sebastián se acordó que desde la mañana no había parado. Estaba sucio, además con un aliento a cerveza insoportable. Paso a las nueve por tu casa, le dijo, y ahí vemos. Adriana se alejó como una niña a quien le llevaron por primera vez a la calesita y, ya a la distancia, se despidió del joven diciendo: – Te espero.

“Qué extrañas son las mujeres”, pensó Sebastián, pues jamás la había visto tan felizmente dichosa. Algo tan inusual, pero en el fondo tan simple, podía transformar su carácter por completo. Estaba en estas cavilaciones, cuando siente movimientos en el ala norte del parque, entre las arboledas. Se dirigió hacia allí, y cuál fue su asombro, al descubrir a Guillermo y al vendedor de Mundo Mágico, siempre vestido de bufón, manipulando un enorme aparato, parecido a un telescopio, pero más grueso.
– Qué es todo esto? – preguntó azorado Sebastián.
La máquina de hacer eclipses, Mundo Mágico, truco n° 428 – dijo el bufón, levantando su brazo derecho que, ante la sorpresa de Sebastián, en vez de la mano tenía un garfio.
No sabía que existía ese invento– dijo el joven.
No existía- aclaró Guillermo- lo estamos por patentar. – con un aire de autoestima muy manifiesta.- Es muy sencillo de explicar cómo funciona. Proyecta una falsa luna sobre el cielo, luego lo cruzamos con cualquier objeto en la parte del haz de luz, y listo. Es una variante de los Trucos de Holliwood, de la serie Batman.
Sebastián no pudo evitar una carcajada de euforia.
Les agradezco sinceramente. Tengo una cita con Adriana- les dijo.
Haremos millones con las regalías- sentenció el bufón.
Reconocerán mi invento y seré famoso- aplaudió Guillermo.

El joven enamorado se marchó muy alegremente, mientras el dúo no dinámico festejaba cantando “Batman, Batman, Batman” reflejando la efigie del superhéroe en el firmamento.
A Sebastián se le ocurrió pensar si realmente no estaba viviendo en la Ciudad Gótica.

—-
(Del libro «Cuentos sin Espacio», editado por Casa de la Moneda, 100 ejemplares en total)

anibalsilvero

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